Etiqueta

Premio Cervantes

    DIETARIO CON PERRO A LOS PIES

    ¿Cuánto hay de ti en los personajes? El desdoblamiento autobiográfico.

    Paso la tarde en mi cuarto terminando la relectura del «Dietario voluble», la novela de Enrique Vila-Matas en la que va relatándose y contándonos lo que lee y lo que hace en su día a día de manera fluida, con un ritmo incesante. Ignoro cómo ha conseguido el autor recordar para su cuaderno personal tantos nombres en tan numerosas anécdotas. Echo la vista atrás y soy capaz de crear la atmósfera o de pasear de puntillas por los hechos, el lugar o las personas que me acompañaban, pero no me pidan los nombres que no podré titularlos. Soy, en ocasiones, una baraja desordenada que se ve obligado a poner los palos juntos para poder narrar o fabular. 

    Cuando cae la tarde cuelgo, con ayuda, unas lámparas de esparto que compré en Gata de Gorgos y recupero para el salón la que siempre estuvo sobre la mesa de mi abuela Irene en su casa de la calle Eduardo Dato de Utiel. No funciona al completo, pero está preciosa y vuelve a volar sobre la misma mesa, recuperada también. Aprovecho que el taladro está conectado para agujerear la pared y colgar un viejo espejo que duplica el salón y juega a ser ventana frente a la montaña.

    Llamo a casa. Le cuento a mi madre la operación lámparas y se alegra. De pronto me descubre que esa que acabo de rescatar la compró ella en no se qué año para su madre. Providencial, pienso. 

    De regreso a mi cuarto vuelvo al libro. Me pierdo en un montón de nombres, me pasó también con la autobiografía de Woody Allen. ¿Cómo un ser humano puede tener esa capacidad para retener tanto dato? Hipertimesia, me digo, como Jill Price. Aquella mujer con la que arranca mi libro personal La parte escondida del iceberg y que me fascinó por su incapacidad para el olvido. No sé si es bueno recordar tanto, qué suplicio si se trata de pesares.

    Cuando me piden entrevistas por mail, que considero la pereza máxima del periodista porque muchas veces no cambian ni el género y se nota descaradamente que son copia y pega de otras realizadas, suelo tirar de otro tipo de memoria. Me parece muy útil tener guardadas viejas entrevistas de mis propios libros porque sirven para ilustrar algunas respuestas en alguna de esas entrevistas de mail. Descubro en el «Dietario voluble» de Vila-Matas que también lo hace y eso me relaja para poder contarlo aquí. Se trata solo de una forma de ganar tiempo. Ellos no lo pierden enviando cuestionarios y yo no lo pierdo siendo exclusivo.  A veces, si la pregunta es, como de costumbre, idéntica a la que has respondido en alguna prensa cercana, copio directamente todo. Y lo que es más: añado textos de mi propio libro. Promocionarse es, lo cuenta Vila-Matas, fatigoso y obliga a ejercer de anuncio andante y parlante de tus libros. Recojo las palabras de John Updike: la obra escrita habla por sí misma. 

    Me acuerdo ahora de que alguien, hará unas semanas, no recuerdo quién, volvió con la eterna pregunta de “¿cuánto de biográfico hay en su novela?” Miguel Delibes, cuando fue galardonado con el Cervantes, fue claro respecto al desdoblamiento autobiográfico: El novelista auténtico tiene dentro de sí no un personaje, sino cientos de personajes. De aquí que lo primero que el novelista debe observar es su interior. En este sentido, toda novela, todo protagonista de novela lleva dentro de sí mucho de la vida del autor. Vivir es un constante determinarse entre diversas alternativas. Mas, ante las cuartillas vírgenes, el novelista debe tener la imaginación suficiente para recular y rehacer su vida conforme otro itinerario, que anteriormente desdeñó. Por aquí concluiremos que por encima de la potencia imaginativa y el don de la observación, debe contar el novelista con la facultad de desdoblamiento: no soy así pero pude ser así.

    Qué lucidez la de Delibes. 

    La obligación del novelista es meterse en la piel de otros. En ocasiones el narrador es un fiel alter ego del novelista, pero no siempre. 

    Vuelvo al discurso de recepción del Premio Cervantes, en el que Miguel Delibes con evidente melancolía reconocía hasta qué punto su vida se acababa en la de sus personajes: «Pasé la vida disfrazándome de otros, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía aquella más rica y variada. Disfrazarse era el juego mágico del hombre, que se entregaba furtivamente a la creación sin advertir cuánto de su propia sustancia se le iba en cada desdoblamiento. La vida, en realidad, no se ampliaba con los disfraces, antes al contrario, dejaba de vivirse, se convertía en una entelequia cuya única realidad era el cambio sucesivo de personajes».


    MH