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Oscar Tramoyeres

    DIETARIO CON PERRO A LOS PIES

    El sabor salado de la memoria

    Días aparentemente tranquilos, entre L’Albir y Buñol, con incursiones rápidas en Valencia, que ha ganado belleza con los años. Es coqueta, modernista y valiente. Hago una visita al lugar donde televisivamente todo empezó: el edificio de la antigua Televisión Valenciana que ahora se llama À Punt. Cruzar la puerta es regresar al pasado y atravesar veintitrés años de carrera profesional -redactor, enviado especial, presentador- que me ha dado muchas alegrías, y algunos sinsabores. Eso es vivir. ¿Acaso el sudor del esfuerzo no es salado?

    La productora del programa del actor Óscar Tramoyeres me espera en la entrada. Tarda lo suficiente para que yo pueda echar la vista atrás durante unos minutos, recordar el comedor donde hacíamos cola, el salón de actos donde mejorábamos el idioma y aprendíamos a vocalizar con la ortofonista, la oficina donde nos daban la nómina, la explanada grande y verde de acceso, algún amor frustrado, los almuerzos con los compañeros a media mañana, y las risas compartidas que generaban las tomas falsas de aquellos primeros y atropellados videos. Suspiro mientras espero. Buenos recuerdos todos. Es lo que tiene el tiempo, que se da tiempo.

    ¿Y mi amiga Mónica Antequera? Aparece en la grabación del programa al que me han invitado, No tenim trellat; está al fondo, sentada entre los focos, junto a las cámaras, haciéndome un gesto para que me ponga bien la camisa y evitar la arruga. Está. En ese silencio de la penumbra aparece iluminada su sonrisa cómplice, inmejorable, me guiña el ojo y noto cierta nostalgia que me viene bien para responder a las preguntas del presentador. El espacio se graba con la comodidad de la experiencia y de un equipo amable. Los años permiten callar, explicar y centrarse en lo que quieres decir, más allá de la anécdota. Pero eso no lo sabes cuando empiezas.

    Pensando en una de las pausas, me quedo imaginando que regresaba a aquel 1997, cuando el recién llegado a la cadena de televisión de un periódico que acababa de cerrar hacía sus primeras piezas, acomodaba la lengua castellana al nuevo uso en valenciano y tomaba notas rápidas para los directos. No tardan en aparecer en la grabación.

    En un primer momento me devuelven al pasado con unos cuantos videos que echan la mirada atrás. Otras gafas, otras chaquetas, otro corte de pelo, otra mirada. Descubro a un chaval con una energía tímida, pero una ilusión avasalladora. Siento ternura, pero en la entrevista cuento anécdotas exageradas para que el espectáculo de la televisión lo sea: risa, emoción y sorpresa. Esos porcentajes son necesarios para que algo funcione en este medio.

    Me encuentro después con compañeros de entonces, a alguno no le reconozco, la mascarilla no ayuda, las canas tampoco, en la renovada redacción. Al hablar, al rescatar algún chascarrillo, caigo. Miro de manera disimulada y todo me parece limpio, aséptico, similar. No hay cajas, trastos, carpetas, periódicos, fotocopias…. Es una oficina relajada y neutra. No huele a nada. La melancolía me trae aquella atmósfera de calefacción, café, ceniza, cordialidad y carreras. Y la música ambiental de algunos gritos de algún jefe con ínfulas de arzobispo y el sonido de las cintas que se caían siempre. Una tras otra. Ahora todo va en la red, como la memoria. No ocupa sitio.

    Me subo al coche en la entrada, que ahora es salida. Se despide de mí mi amiga, sin beso, tiempo habrá, un hasta pronto, una foto -la foto- y un nos vemos. Entonces aparece otro sabor salado, esta vez es el de la lágrima. Diría que inoportuna, pero no. Me limpia la mirada, me relaja y, sobre todo, me da la razón. Digan lo que digan, la tele es fantástica.

    MH.

    Postdata: En recuerdo a todos aquellos que fuimos compañeros y a los que hoy soy amigos.