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Abreuvoir

    DIETARIO CON PERRO A LOS PIES

    Les Oiseaux en metro Anvers. París como solución.

    Anoche imaginé que volvía a las noches de París de hace unos años, a mi apartamento en el bulevar Rochechouart y a las tardes paseando sin rumbo. Me resultaba un ejercicio feliz ir al supermercado de Chichy porque me perdía intentando buscar las cosas con la mentalidad española, como si siguiera viviendo en la calle Fuencarral; cada ciudad es un mundo y cada mercado, más. Me sentaba a desayunar en Les Oiseaux de metro Anvers donde los parroquianos parecían haber sido sacados de una novela de Vila-Matas; las mesas de propaganda Richard eran bien coloristas, como si se reflejara la vidriera de la Sainte Chapelle en un juego de luces. El hombre que me servía el café con leche y pan con mermelada no me decía ni hola, somnoliento siempre como un buen canalla de barrio, y eso que era el mismo que guardaba las llaves de casa o que me ponía en contacto con Max, el de la calefacción. En mi móvil aparece como «Max Chaufage», que si alguien lo encontrara tras mi desaparición creería que guardaba el teléfono de algún gigoló parisién.

    En la calle Dunkerke estaba l’Ecrin, un bareto sencillo en el que muchas veces cenaba para evitar el simple ejercicio de abrir la nevera y encender el fuego para cocinarme algo. Prefería mi mesa, la de siempre, bajo el espantoso dibujo de la pared. L’Ecrin no es bonito, si lo que usted busca es un bar típicamente francés para las fotos, pero es ese tipo de antros en los que uno se siente como en casa porque puedes tomarte una buena tortilla francesa rellena de queso, vino para inducir al sueño de manera fácil y algo de postre para abrigar.

    Doy la vuelta de nuevo por ese que fue mi barrio, paseo por el Marcel et Clementine, entro a por mis tostadas, me siento en alguna mesita de la terraza para picar un surtido de queso, entro al Chez Bouboule a capitalizar las cervezas y ver cómo juegan a la petanca los hipsters del barrio, francesitos de pelo desordenado y ropa fingidamente vieja; veo los trastos del Guerrisol o me zampo doble de pain au chocolate en Le Panorama.

    Todo regresa a la mente como por arte de magia, pero no hace efecto. Es un sucedáneo de aquella vieja alegría por las calles, mías, de París. Ountil O’Toole, buen aforista, decía algo que encaja bien: «He conocido la felicidad, pero no es lo que me ha hecho más feliz».

    Decido cerrar los ojos y darme una vuelta por el dieciocho, con el recorrido clásico que me sentaba tan bien: de Barbès a Doudeauville, Custine, Caulaincourt, parada en Le Refuge, y subida hacia la butte. El camino marcado sigue hacia Dalida, tarareo mi canción favorita, «c’est fini la comédie«, siento ganas de tocarle los pechos pero me reprimo porque me parece un gesto de turista que no distingue el San Juan Nepomuceno del puente de Praga del Manneken Pis de Bruselas, tocar por tocar. Superstición de gincana. Respeto de vecino.

    Qué maravillosa es esa canción y qué bonita es la rue de l’Abreuvoir. Si no es la más pintoresca del mundo, lo parece. Mi mirada intenta quedarse con ella.

    Tout avait commencé
    Comme une pièce à succès
    Dans le décor tout bleu
    D’un théâtre de banlieue
    Nous n’étions que nous deux

    Y de allí, escaleras, curvas, bajadas y callejones, hasta des Abbesses. Un bar. La mesa me da igual. Otro vino. Esta vez más. Un pichet de vin rouge, s’il vous plait. Y seguramente me cuelo en el pequeñito La P’tite soeur porque adoro la tabla de salchichón. Sí, lo hago. Vuelvo a él como si ahora mismo fuese mi cumpleaños.

    He leído que la única manera de cuidar el ánimo es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro. Pero yo en este momento estoy cuidándolo con estas imágenes del pasado, de mi pasado, porque creo que es mucho más seguro y firme que el futuro que se presenta. Aunque mantengo, como Vila-Matas, templada la cuerda de mi espíritu. Lo cierto es que los mejores placeres me vienen estos días de la imaginación.

    El presente es muy incierto, el futuro no existe y lo único que tenemos es el pasado. No está mal revisitarlo. Es gratis.

    MH

    Les Oiseaux, Place Anvers, Paris.