DIETARIO CON PERRO A LOS PIES

Qué tiempo tan difícil, mamá

Doña Leo mira a mi madre con una curiosidad nueva. Mamá viene con el andador poquito a poco, paso a paso, desde la cocina hasta el salón y, la perra, asomada desde el sofá, observa como han crecido sus patas. Mueve la cabecita hacia los lados, un abanico que se abre y que se cierra, así. Salta después al suelo a recibirla, con mimos que entorpecen la ruta y que no reciben respuesta. «Aparta, Leo, que no puedo», le contesta. Se sienta a esperarla con los azabaches clavados en el recorrido largo y lento. Observo y quiero tener su mirada, la de la paciencia que la vejez, cruel, mata poquito a poco cada día. Hoy es… ¿viernes? Supongo.

El salón es una sala de espera. Esperamos que pase algo. Esperamos una hora más.

Y la vida pasa. Ayer mismo era sábado y salíamos a tomar algo con papá a La Acacia. Pedíamos bravas en un bar de la playa. O bajábamos por las calles de Andorra buscando una radio nueva. Ayer mismo nos hacíamos fotos con el coche nuevo o en El Saler. Elegíamos helados en Vinaroz. O acompañábamos desde la sierra del Remedio a la Serraniega hasta la iglesia.

La casa es ahora el castillo. Nos protege y nos encierra. No podemos huir.

Sé lo que piensa. Y ella sabe lo que pienso yo. En ese silencio habitamos, en la elipsis constante de lo que no decimos. Es la perra la que ladra pidiendo calle y rompe la espesura de las no palabras.

-Mamá, ¿por qué estás todo el rato con los ojos cerrados?

-No tengo fuerzas para abrirlos.

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