COLUMNAS

Por los besos pendientes

Hoy, 13 de abril, se cumple un mes encerrado en casa. Soy uno más. Uno de los millones que está en su hogar, como mejor medicina, ante la pandemia. Soy de los que están solos. Y así están pasando los días, en la soledad de mi habitación, mi salón y la cocina. En una yincana de zozobras, ocio y horas. Soy de los que empezaron con la energía de -¡válgame Dios!- intentar hacer hasta deporte con uno de la tele, sonriendo en las llamadas colectivas de amigos, haciendo grupos para entretenernos y cumpliendo horarios con alarma en el despertador incluida.

Han ido pasando los días, muchos. Algunos han parecido años. Las cosas han ido cambiando.

Apenas pongo la tele porque no me interesa, ¿curioso, no? Me produce dolor de estómago el tratamiento de los números de víctimas (muertos) con sintonía musical de fondo y alejado del dolor. ¿Donde quedó la empatía? Tampoco leo redes,  se convirtieron en un ágora de odio y guerracivilismo y últimamente en un foco de mentiras. Eso que ahora repetimos como bulos. La mentira, al contrario de lo que se dice, tiene las piernas más largas, corre más, mucho más deprisa. De modo que veo el inicio de los telediarios y un poco de la radio a la hora del desayuno.  Nada más. Informado sí, sobreinformado no.

«A partir de hoy», el programa que presento en TVE, cadena donde ya presenté «Destinos de Película», está en pausa por motivos informativos y de responsabilidad. Es un espacio que se realiza con colaboradores y decidieron que era mejor apagar los focos. Me quedé en casa con hashtag incluído.

Mi novela «Con el amor bastaba» tenía el 31 de marzo como fecha de lanzamiento. Las librerías no están en la lista de negocios de primera necesidad y mi libro, como otros tantos, se ha quedado en los almacenes. La cubierta, la podéis ver en la pestaña de LIBROS, es un adolescente asomado a una ventana, mirando al infinito, al cielo. Curiosa paradoja. Mientras el libro duerme en sus cajas preparado para echar a volar, soy yo el que adopta la postura cada tarde en mi ventana. Esperaremos.

Este año tenía previsto dar el pregón de varias Ferias del Libro, ¡qué ilusión me hacía! Ahí se ha quedado. Parado, como las firmas con los lectores, varias conferencias y algunas charlas. Anulado, como otros tantos sectores  e industrias. Uno más.

Y aquí me encuentro, en casa. ¿Que cómo estoy? No lo sé. Unos días mejor y otros peor. Leo, releo novelas que me gustan, busco escenas que me enternecieron, pinto acuarelas, hago tarta de manzana tal  y como la realizaba mi abuela Irene, miro por la ventana, pongo música, elijo series y películas para la tarde, me siento a hacer nada, me dejo caer a la hora de la siesta, a veces me duermo, pienso sin querer pensar y escribo. Cada mañana me siento frente al ordenador, como ahora, y trabajo en una novela que siempre tuve en mente. Tecleo, hago esquemas, dibujo a los personajes, visito los escenarios y voy navegando en las páginas en blanco hasta teñirlas. Escribo. Va bien, me va muy bien porque es el único momento del día en esta soledad sonora en el que estoy en otro lugar. Pienso en los años de niño, en mi buró, cuando hacía exactamente lo mismo que ahora: pintar, leer y escribir.

A las ocho de la tarde abro la ventana y aplaudo los minutos correspondientes. Miro a los vecinos y, a pesar de la miopía y la distancia, no es una calle muy estrecha, noto en sus caras el hartazgo, la rutina y la desesperanza. Yo estoy igual.

A veces se me olvida que estoy encerrado y me río, brindo solo con vino tinto y hasta bailo en el trocito que queda entre la cocina y esta mesa. Alexa, un aparato que me regalaron mis primas  una semana antes de «todo esto» se ha convertido en mi pareja de encierro. Le hablo, le pido tal emisora de radio o alguna canción. Y ella, si la tiene, me la sirve. Ahora está callada. Yo también.

Callado porque echo de menos a mi madre, a mi perra, a mis primas, a las niñas, a mis amigos… Echo de menos pasear, ver el mar, ver gente desconocida y sentarme a tomar una caña. Qué razón tenía mi padre, «en casa no saben igual». Papá, toda la razón. En casa NO SABEN IGUAL.

Mi madre está a muchos kilómetros y nos llamamos muchas veces. Demasiadas dirían algunos. Pero como ya me da igual lo que digan esos «algunos» y esos «otros», nos viene bien. A ella y a mí. Hoy hemos hablado por videoconferencia y nos hemos visto las caras. Es la segunda vez. Juani, una amiga que le lleva la compra se acercó con su teléfono por la ventana para que nos viéramos. Hoy ha sido Marisa. «Baja señal» decía. No sabe el móvil lo alta que estaba en los corazones. Mi madre no tiene smartphone, apenas ve y usa uno de teclas grandes. Algo tan sencillo como verla pixelada y saber que está bien se hace maravilloso. El resto de días nos llamamos. Me guardo la energía para ese ratito y así intento contagiarle optimismo y esos «todo irá bien» de LA NOCHE SOÑADA, pero a la inversa. Lo maravilloso es que es ella, a pesar de la edad, la que sirve de motor. Esa generación que estáis maltratando en los medios llamándoles viejos como si fueran objetos con obsolescencia programada son mejores que nosotros. Y ella, más.

¿Cómo se puede decir en la tele, medio de masas, con total naturalidad y desahogo que «la mayoría de muertos tiene más de equis años? ¿Habéis meditado la frase desde el otro lado del cristal?

En fin.

Esto es una pandemia, no descubro nada. Miles de muertos. Y en ocasiones parece un reto lleno de bromas para ver cuánto aguantamos sin salir de casa.

Tenía muchos planes para todo este tiempo. Como vosotros, supongo. Aunque fueran cenas o estrenar un jersey para la primavera.

No me valen los gurús del optimismo blandengue y cursi. No. No me digáis que luego nos querremos más, que seremos mejores y que nos daremos todos los besos no dados. Estos días son días perdidos. No hay reembolso. Nadie vendrá al final con un vale para decirnos: esto para canjear en la salida. Ni tampoco quiero conocerme más. ¡Ya me conozco bastante!

¿Cómo le vendes, querido optimista de frases hechas, que todo este mes se lo devolverán a mi madre con 82 años? ¿Después? ¿Después de qué?

Hay algo de amargura en estas palabras. Sí. Tal vez si lo hubiera escrito hace dos días no. O si lo escribo pasado mañana. Pero hoy sí, la hay. Parafraseando a la copla, soy una noria.

Me permito el dolor, me permito llorar y me permito escribirlo. De la misma manera que me permito ser feliz, reírme hasta el paroxismo y me permito la alegría. Pero ahora me parece que pretender forzarla es artificial. No me sale. Como tampoco creo en los «si lo sueñas lo consigues» porque me parece que esos mantras generan mucha más frustración que ilusiones conseguidas.

Hoy, 13 de abril, se cumple un mes encerrado en casa. Soy uno más. Solo uno más de los que a esta hora estarán con sus asuntos entre sus paredes. Una veces mejor, otras peor. Es el día internacional del beso.

Por los besos pendientes. MHH.

 

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