DIETARIO CON PERRO A LOS PIES

Por las acequias

Doña Leo -le dije- vamos a colarnos por este nuevo sendero que baja a la Violeta. Se escuchan los pajarillos. Traen rumor de primavera, la música del buen tiempo, el juego de las ramas de árboles a las que llegan, cantan y escapan. Iba Leo guapa y recién peinada, el baño que tanto le gusta que la deja brillante como los amaneceres, la iba piropeando para que levantara la cabeza y moviera la cola, con ese genio tan suyo de mujer coqueta y pizpireta.

Íbamos danzando entre arbustos y colándonos entre el hueco de las ramas y los nuevos árboles, pequeñitos, sin fuerza todavía pero afiladores de arañazos marcando terreno. Doña Leo no levantaba los ojos del suelo, oliéndolo todo, rascando a veces la tierra como si buscara trufas o secretos del pirata Morgan.

Pasamos primero por el risco, después bajamos por el caminito de la Violeta, ahí la solté, que se viera libre y marcara todas las anegadas como si fueran suyas. Este tronco, este también, ahora el siguiente. Vente, Leo. No te alejes. Y así, entre pises y rutas, nos fuimos adentrando en los huertos y monte del valle que da a la laguna artificial. En ese lugar donde las acequias corren con otras músicas y, a veces, se salen de madre creando charcos.

Al fin, cansado, me senté en una piedra. No hay pensamientos en ese momento, mientras Leo juega y el sol calienta las manos con el sol de primavera. Hay paz, soledades buenas y ningún quebradero, tal vez un bicho que sube por las piernas y que aparto con la mano. Quita.

Y de pronto un viejo, uno que arregla sus campos con una azada, saluda y levanta la cabeza señalando a mi perra: «¡Mira que alegre el chucho! ¡Mira cómo se lo pasa!

Anda la perra entre el barro, chapoteando y rebozándose entera, libre y gorrina. Y cuando voy a levantar la mano para reñirla, ¡Leo! ¡Leeeo!, me da la risa. Levanta las orejas como un carnaval y me mira diciéndome: ¿No te vienes?

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