DIETARIO CON PERRO A LOS PIES

Miiil euros

Me levanto con menos prisa que hace unos años, cuando, todavía en pijama, salía disparado de la cama y me iba corriendo al salón para encender la televisión Telefunken. Era 22 de diciembre, tal día como hoy, y empezaba el sorteo de la lotería de Navidad, como siempre. Mi padre continuaba en la cama un rato más, y mi madre andaba preparando desayuno y comida en la cocina. Yo sacaba la libreta, cogía un lapicero y empezaba a tomar nota de los premios que iban cantando. En aquella cabeza infantil, y algo soñadora, siempre hubo la esperanza de cambiar el destino sencillo de aquella familia. Como si uno de esos premios pudiera traer la felicidad. Así se nos vendía la historia.

-Maxiii, ven a por la leche -gritaba mi madre desde la cocina, que estaba pegada a la entrada en aquel piso de protección oficial azul y alargado.

Al pasar por la puerta, el sonido de las pesetas podía escucharse en las casas ajenas porque todos los vecinos tenían puesta la misma banda sonora. Y, si lo piensas, todos andarían con el mismo sueño, en pijama y con los padres remoloneando en la cama y las madres haciendo los desayunos. Son los años setenta.

Desayuno, ducha y ropa limpia.

El sorteo discurría, pero conforme pasaban las horas lo hacía ya con menos ilusión, porque si algo consigue el tiempo es que uno vaya asumiendo que los cambios y las sorpresas solo suceden fuera. Lejos. Lejos de tu casa.

Enseguida venía el encargo para ir a por el pan, la colonia para peinarme, la raya bien hecha, el lazo en los zapatos y la bolsa con algunas monedas para comprar. Lo justo. Al llegar, la pregunta de «qué hacemos de comer» y algún «ayúdame con el coche -papá se había arreglado-, que voy a cambiar el aceite».

La vida seguía. La vida sigue. No había cambios.

Al día siguiente salía la prensa, o tal vez por la tarde, no recuerdo bien. Y los periódicos venían con todos los números en la portada, en un tabloide de papel gigante, donde íbamos mirando, tachando y rompiendo. La mesa camilla era el epicentro de nuestra vida, el brasero encendido y la decepción que ofrecen las expectativas. Nada. Algún reintegro de la papeleta de la falla Nuevo Buñol o un pellizco sin importancia en la lotería de la Virgen del Remedio.

Los décimos y las papeletas de colores se convertían en ese momento en baraja, olvidada sobre la mesa para, inocentes, volver a revisar después.

Después. Ay. Después es hoy.

La abuela llamaba desde Utiel y nos daba el mejor premio: «que tengamos salud», que entonces la frase no se ridiculizaba tanto como ahora. Se decía de verdad, con amor y esperanza. La Irene nos contaba que estaba preparando el mazapán para llevarlo al horno de la Reme y pensado en la comida de Navidad en la que juntaba a sus hijos y nietos.

Todo volvía a la normalidad tras ese rato en el que la suerte sobrevolaba canalla nuestras cabezas, insinuándose desde el televisor, sin saber que la vida era eso. Esperar.

pd.: Es posible que por aquel entonces todavía hubiera clase, que estuviera sentado en el colegio de San Luis con mis compañeros y haya deformado los recuerdos. La vida escoge su propia ficción.

MH.

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