DIETARIO CON PERRO A LOS PIES

la tristeza se pega a la ropa

Han ido pasando los días y, entre unas cosas y otras, más graves y menos, he abandonado este dietario. Seguramente -ahí está la principal razón-, porque ando escribiendo una novela y me ocupa toda la mañana. Por la tarde tengo el magazine de tele. De modo que, poco tiempo para entrar en este dietario. Pero el ronquido de Leo a mi derecha, siempre está pegada a mí cuando escribo, me ha devuelto al blog. El invierno llega y su calorcito en mi muslo es el mejor regalo, luego se lo compenso con un paseo por su sendero favorito, que también es el mío. Es una forma de quererse bien.

Todos estos meses de ausencia han sido, cómo decirlo, complicados. Por pasar, hasta pasé por quirófano para unir los huesos de una mano que no soldaban bien. Ahora escribo con diez dedos, una placa y cinco clavos. Algo mejor será, digo yo, si hay más ayuda.

Se mueve Leo, apoya la cara en mi codo y tecleo… peor… lo nota… lentamente retira su barbilla y la deja caer en el cojín verde de su propiedad. Me mira. Me mira profundamente. Sabe que hablo de ella. ¡Vaya que si lo sabe! Aguanta así hasta que va cerrando los ojos y regresa al ronquidito.

La vejez se le nota en el hocico, agrietado, en algunas verrugas y en las manchas de la piel. Y en ese cansancio con el que viene de regreso a casa. Y en las escaleras. Y a la hora de subirse a la cama para darme los buenos días.

Todos en esta casa nos hemos hecho mayores de pronto, sin aviso: mamá, la perra y yo. Y el clima es distinto, también genera otros deshielos y otros silencios. La vejez es un horror. Ser hijo único también. No hay consuelos. No hay palabras.

La tristeza se pega a la ropa. Y todo suena a espera, como si de un momento a otro alguien fuera a tocar el timbre.

 

 

postdata: la foto es de una sesión de EL PAÍS, revista ICON, que ni me gusta ni me disgusta. Pero es la que mejor va con el texto. Supongo.

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