DIETARIO CON PERRO A LOS PIES

El camino de cada día

Cuando salimos de casa -portazo y llaves- andamos ligeros buscando el camino por el que nos perdemos cada día. Al cruzar la calle, donde ya no hay coches, se abre la senda empinada que da a la pequeña meseta de campos yermos de la Pachicha. Nunca los he visto labrados, vivo aquí muchos años, y eso los ha convertido en tierras perfectas, llenas de yerbas, de arbustillos y de algarrobos viejos. Ese campillo que nos queda a la derecha es el primer mirador donde mi perra y yo nos paramos a observar, después de la cuesta de entrada; respiramos todo el cielo, que parece hacerse más grande ahí, en ese huerto, y damos alguna vuelta sin sentido.

Tras oler las piedras y marcar la elegida con un pequeño pis, seguimos adentro, más allá de la casa del Tío Tripa, donde en ocasiones un labriego que cuida de una pequeña huerta vallada con yerros y algún somier de casa que se quedó sin sueños ni ronquidos, aparca su coche. Ahí decidimos: «¿a la derecha o a la izquierda, Leo?» Y según nos venga o nos convenga tiramos la marcha. Un camino atraviesa huertas y olivos, casetas de aperos, montones de cañas, y acaba en una charca de patos a los que a veces echamos pan seco. El otro, más sinuoso, tiene las vistas de toda la comarca -la Hoya de Buñol-, con olivos que se trenzan y algún limonero de fruto chico. Ayer paramos en él. Y mientras ella saltaba piedras y se colaba entre los romeros salvajes, me acerqué a oler los limones. Pronto vino la perra a lamerme la mano afrutada para seguir después caminando por el sendero que nos aleja de casa y se funde con otro cruce, otra charca y un grupo de casas donde otros perros, enjaulados, ladran para saludarnos. A doña Leo ya no le dan pena. Al principio se paraba a mirar acobardada, como si ella también estuviera presa, y agarraba sus patas al suelo para que no caminara más, para quedarnos con ellos, para «maullarles», y colaba su cara entre las ramas que hacen de cerca. «Vamos», parece decirme. «Son los de cada día».

Así seguimos, siempre por ese camino, que en ocasiones rompemos para entrar campo a través en busca de otros olores y otros bosques improvisados por el abandono del tiempo y de los agricultores viejos, sin hijos que los cultiven. Campos sin riego, secos, abiertos a los pies y bellos en su desidia. Los olivos, poderosos, se cargan de hojas, imponentes, con los troncos vacíos, sin corazón. Los almendros saludan con sus flores tempranas, rosas y blancas, edulcorando el paisaje. Arranco una rama para ponerla en un vaso. Allí, en el borde de una acequia seca y rota, solemos pararnos y sentarnos para mirar el valle, la fuente de la Violeta que se hunde entre pinos y las curvas de la carretera lejana que se difumina en el horizonte. Un paseo. Nada más. Un perro y un hombre.

Volvemos más calmados, con alguna hoja pegada al jersey y con Leo llena de tierra por los revolcones y pizcas de tomillo. La patitas alegres, saltarinas, siguen danzando al llegar a la calle donde están los coches anunciando la civilización. Y la noche avisa que es hora, que la casa espera, que el fuego de la chimenea nos llama con su calorcillo amable.

El otro camino será mañana. Y así otro día.

MH.

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