DIETARIO CON PERRO A LOS PIES

De lo hablado a lo escrito.

Durante un tiempo respondía alegremente en las entrevistas y me mostraba abierto, conciliador, sincero y hasta excesivamente amable. El resultado fue como un bofetón a primera hora del día: titulares que, si bien eran ciertos, no encajaban con lo que había dicho. Y no quiero decir que mentían, sino que no se ajustaban. La consecuencia fue temor a las entrevistas escritas. En la editorial siempre les advertía: radio y televisión sí, prensa con cuidado. ¿Por qué? Yo iba presentando un libro y ante el micro o frente a la cámara podía controlar mis gestos y enseñar la novela. En el diario acababa apareciendo la anécdota. Y mucho más ahora que los digitales necesitan el click llamativo para que el cliente lo abra. Digo cliente, sí. Los lectores son usuarios que se cuentan por número para vender a las empresas de publicidad. Si el titular es más escandaloso, más click habrá y más visitas podrán contarse para marketing. Números, amigos. Somos números, algoritmos en decadencia.

El porqué dejé de ser transparente y expansivo en las entrevistas lo he comprendido mucho más tarde. Iba con el freno de mano echado. Un porsiacaso constante. Un «no digas, párate». Las conversaciones amables entre entrevistador y entrevistado, si son buenas, tienen giros, muecas, gestos, pausas, bromas, miradas y un sinfín de ángulos que son también información. Eso es comunicar. Hablar. Pero cuando esa frase pasa a texto pierde la voz, el tono, la mirada y el guiño. El lector no lo ve, solo lee.

Dejé de leerme. Respondí entrevistas y no las revisaba. Has dicho esto u lo otro, me advertía un amigo. No lo he visto, confesaba con el corazón en la mano. Encontré que esa era la opción más sana para seguir siendo natural, honesto y sincero. El freno, para el coche. Así evitaba también enfados innecesarios, disgustos que -cuando ya está publicado- no se pueden arreglar.

MH.

Y dicho esto, os dejo la última que me hizo ayer Maite Nieto en El País. Por si os sirve para algo. La frase completa de Albert Camus es la siguiente: “En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible”. Me gustó mucho cuando la leí y se quedó también en la primera página de mi recopilación de textos de «Intimidad improvisada».

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