COLUMNAS

De gritos y silencios

Ayer nació Ruth, la hija de mi prima Maria José F. Huerta. Me alegró el día. A la hora del desayuno llegó la noticia: primero la imagen de la niña recién parida, con su cordón materno, gritando y anunciándose al mundo ella solita; después, otra fotografía con la mamá en la cama, agotada y guapa, las dos juntas, madre e hija, y sentí que la vida sigue, que se abre más allá de los parones que nos sobrevienen. Ya verás cuando te contemos estos días extraños, querida Ruth. Ojalá sean solamente un feo recuerdo, no tan largo como a veces nos parece.
 
Hoy, 15 de abril, desperté como el cielo de Madrid (aquí es donde estoy confinado y desde aquí escribo): gris y lluvioso. Las horas van a ralentí, ando con el embrague apretado para que no se me cale el motor. Caminando despacio, con temor a caer. No es tristeza, es tedio. Una receta que suma indignación, desesperanza e incertidumbre. 
 
Por la mañana estuve escribiendo un «artefacto literario» en el que ando metido. Quién sabe. Tal vez ya tengo la novela tras la novela que ni ha salido. De ser así, si todo va bien, me parece que os gustará mucho. Y si no llega a ningún lugar, si se queda en el camino, habrá servido para viajar en este tiempo de cuarentena, hogar y encierro a otro mundo. Más bonito, sí. Más bonito porque me lo estoy inventando. En eso soy discípulo de Ana María Matute: «hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad».
 
Tengo el móvil en silencio. De tantos días viviendo solo, de tanto ver las mismas paredes, los mismos cuadros, me estoy acostumbrando a no hablar. A veces tengo arrebatos y me monto un directo en redes, por aquello de abrir compuertas y dejar salir agua estancada, antes de que la presa estalle. Pero el resto de los días estoy callado. Muy callado. Y voy a peor. Quiero decir que me apetece menos hablar porque no tengo nada que contar. Nada que contar.
 
O sí, esto mismo que os acabo de escribir.
 
MHH.

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