DIETARIO CON PERRO A LOS PIES

Buñol

Vuelta a Buñol. El pueblo en el que siempre viví sigue siendo hermoso, verde y hospitalario. Aquí me encuentro, recupero la calma, los sabores a horno y a calle, y me tropiezo inesperadamente con el que he sido, ese que las capas de cal han ido engordando como un milhojas. 

La reforma de la casa llega en un momento oportuno, cuando la vida se ha desordenado en todo el país, cuando las ciudades parecen castigadas por el virus y los políticos. El pueblo en cambio se muestra amable, es hogar, recuerdo y cercanía. Recorro el centro, busco un bar donde tomarme algo, saludo a viejos amigos y a desconocidos que entonces no lo fueron, atravieso el puente de la República, entro a la iglesia, doy gracias, pido, echo en falta la vida de los kioscos donde fui feliz, camino tranquilo por las calles del castillo, fotografío plantas y fachadas, sonrío, se escapa algún suspiro y algún «andá» por la sorpresa, veo, siento, huelo, brindo.

Es una intensa experiencia sentir el viento, que parece limpiar todo desde la sierra, ese remolino que desordena el pelo y que tanto molestaba, ahora es un barrido de viejos pensamientos y malas ideas. Me expurga los tormentos. Sopla fuerte. Limpia recuerdos y trae algunos olvidados.

Caminar por mi calle hasta la cuesta Roya, pasar por Borrunes y beber de la fuente, observar el castillo medieval desde mi ventana, perder la miopía en los pinos que peinan toda la montaña, coger ramas que antes me parecían malas hierbas, coleccionar detalles de las casas, fijarme en las puertas, en las esquinas, en los ventanales abiertos que muestran interiores. Y redondear recuerdos que parecían haberse escapado mientras paseo. Me gusta. Me encuentro. 

Es más, volver a mi pueblo tiene algo de iniciación y permite entender lo que soy. 

En el salón de casa la chimenea arde, los trastos han vuelto a ser objetos, los muebles, hogar; las fotos, familia. Eliminado el polvo, regresa la vida que fue y la que apetece ser. Entiendo los defectos y las virtudes, las debilidades y las fortalezas, entiendo al adulto, perdono al crío. Basta con mirar el cuarto, la selección de libros, los cuentos, los restos del colegio, los premios enmarcados que cuelgan de la pared o los bártulos y enredos de los estantes. Un cuadro sin acabar, una raqueta sin rasguños, un rifle. Es una radiografía rápida,  de diagnóstico sencillo y de viable prescripción. Se entiende fácilmente la vida de uno mirando lo que ha mantenido el tiempo a salvo. Hay que ser indulgente en ese rescate. Se comprende mejor lo que somos por lo que quisimos ser, que por lo que hemos sido. 

En fin, que no hay melancolía. Que esto solo es observación. Es amor al pueblo, al paseo que ofrece, a su gente, a la vida que fue y a la que sigue. No es el mismo y sin embargo sigue siéndolo. Tampoco nosotros. Nosotros, los de entonces.

Relaja el cielo, con las nubes barriendo el azul desde el Roquillo. 

MH.

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