EL ESPAÑOL

UNA CASA

He vuelto a entrar en la casa en la que fui feliz. Y muy infeliz, maldita sea. Las dos cosas caben en la misma historia. Françoise Sagan diría: «A ese sentimiento desconocido cuyo dolor y dulzura me obsesionan, dudo en darle nombre, el hermoso y grave nombre de tristeza».

Un día, cuando las paredes se llenaron de recuerdos como si fueran yedra, decidí salir de aquel piso madrileño. Era verano y me puse a buscar casa en la misma zona, los humanos somos de costumbres y cuando andas con supermercado, farmacia y bar de cabecera, eres incapaz de moverte del barrio. Hábitos, le llaman. No sé. Manías. Miedos. Cerré la casa y huí a otra.

Tardé mucho en alquilarla, tenía la sensación de que si alguien dormía en aquella cama, cocinaba y se tumbaba en el sofá estaba profanando un santuario de recuerdos. Pero la memoria es como la coca-cola, pierde el gas si la dejas abierta. Colgué el SE ALQUILA y… (seguir leyendo)

You Might Also Like