NATIONAL GEOGRAPHIC

TAN FELIZ QUE NI SE ENTERABA

Cuando caminas por París vas eligiendo portal disimuladamente, soñando que un día serás dueño de una buhardilla, comprarás pan caliente en alguna de esas boulangeries llenas de chocolate y caminarás por el borde del Sena como un parisino más pellizcando la barra abrigado hasta los ojos. En la revista National Geographic propuse un paseo con lo esencial que empezaba en Nôtre Dame. ¿Vienes?

cielosLa poderosa dama oculta una de las zonas mas bonitas de la ciudad, la isla de Saint Louis. Un nido de calles en las que Vila Matas fue “tan feliz que ni se enteraba”. Es maravilloso colarse por los jardines, donde suele haber de músicos y pintores, y cruzar a la pequeña isla. “Sería un escándalo vivir aquí”, decía la protagonista de Proust en su novela En busca del tiempo perdido. Y lo es, delicada y exquisita. Una tranquilidad poco usual en París en la que encontraremos tiendecitas con escaparates muy cuidados y restaurantes. Si lo que apetece helado, no lo dudes: Chez Berthillon.

Saldremos de la isla cruzando el Pont de la Tournelle hasta la Tour d’Argent, un restaurante, el más antiguo de París, en el que comieron reyes, jeques, actores y escritores cuando todavía no se veía desde sus ventanas ni la Torre Eiffel. Lleva abierto desde 1582. Tal vez nos sonará más si recordamos la película Ratatouille.

Los tópicos funcionan en esta ciudad desde Hemingway a Amelie, desde Modigliani a Chanel, desde Kiki de Montparnasse a Marion Cotillard.

Caminando por la orilla izquierda llegamos al precioso jardín de Saint Julien le pauvre donde nos encontramos la famosa librería Shakespeare & Co en la que conviene colarse por esos angostos y retorcidos pasillos y subir a la primera planta donde hay un piano y una máquina de escribir frente a la ventana. Habrá gente leyendo, todo está en inglés, y con un poco de imaginación parece que vaya a aparecer Gertrude Stein del brazo de Scott Fitzerald a ponerse a escribir. Merece la pena regalarse un libro y perder la vista entre tanto ejemplar. ¿Cómo pudieron rodar allí “Antes del Atardecer” siendo tan estrecha, tan pequeña…? Pues sí. Es el escenario real de una de las escenas de esta película. Puedes tener la suerte de que alguien, de manera improvisada, de un concierto en el piano. Suele pasar.

Directos ahora a Saint Germain. Como si buscáramos la casa de Marguerite Duras, como si quisiéramos tropezarnos con Apollinaire, con Breton, Sartre, Boris Vian…, como si Camus estuviera esperando en Saint André des Arts, una deliciosa calle salpicada de creperies en la que podemos pedir el típico vin chaud, vino caliente.

El auténtico encanto parisino podemos verlo en el restaurante Allard donde nada ha cambiado prácticamente desde 1940. Cerquita tenemos Le Bar du Marché, punto de encuentro a la hora del coctel y descansar tras ver la tienda Taschen de la Rue de Buci.

Todos los autores que hemos nombrado han pasado por el famosísimo Café de Flore. Todavía puedes tropezarte con las celebrities del momento porque fue, es y será uno pulmones culturales de París. Los asiduos se sientan cerca de la caja y la primera planta es perfecta para tomar unos huevos revueltos, la ensalada Colette o la especialidad: Welsh Rarebit (una tostada con mucho queso).

Mientras tarareamos Sous le ciel de París para dirigirnos a la otra orilla, es simpático pararse en la casa de otra voz mítica francesa: la de Serge Gainsbourg en la rue Verneuil. Su hija, Charlotte, se encarga de conservar su legado. Seguro que se nos escapa un je t’aime al leer los graffitis. Eso ya depende de la compañía… ¡es París!gainsbourg

En la ruta es imprescindible cruzar el Pont des Arts, limpio ahora de candados, pero lugar clave desde que Cortázar lo hiciera suyo en “Rayuela”, así como el restaurante Polidor en el que merece la pena hasta ir al baño porque desciendes exactamente hasta 1845. Cortázar cruzaba este puente como sus cronopios enamorados directo al Museo del Louvre, donde durante años, con un pase que tenía como estudiante “iba todas las tardes”. Desde entonces lectores o viajeros se han asomado al arco que da al Quai de Conti en un atardecer de diciembre para buscar la silueta delgada de la maga de Rayuela en Pont des Arts.

Desde allí tenemos la vista perfecta de otro puente, el Pont Neuf, el más antiguo y largo de París; un Sena que juega con los dorados y una torre a lo lejos que coquetea luminosa como la dueña que es de París: la torre Eiffel.

El alma de París no sólo está sus crepes, sus puentes, la pirámide del Louvre o los bouquinistes llenos de revistas y libros viejos de las dos orillas. También está en el aroma de todos los perfumes que entran y salen de todas la tiendas de la exclusiva rue Saint Honoré. Los mejores escaparates, las grandes firmas y el je ne sais quoi francés están allí. Sobre todo en la siempre singular Colette donde podemos encontrar todo lo que, un mes después, estará colgado en instagram o las revistas de moda.

Un paseo por esa calle sin entrar al Hotel Costes sería un pecado, aunque también lo sea caer en la carta o en sus sillones. ¡Por un día! Con el efecto de las burbujas del champan podemos zigzaguear por las calles hasta el Pompidou. Todo es una canción de Francoise Hardy, todo es una foto, todo es un souvenir. Allí, desde la azotea del museo que rompió gratamente la fisonomía de un barrio con un esqueleto tubular, tenemos una de las mejores vistas de la ciudad. Aunque haga frío, aunque llueva, siempre nos queda ese París atestado de gente.

La vida de París al anochecer está allí, en Le Marais. El tejado del impresionante Hotel de Ville lleno de luces navideñas y el carrusel junto a la pista de hielo, los anticuarios de Saint Paul desordenados y encantadores, el atelier de Azzedine Alaia o las pequeñas terrazas al abrigo de las estufas… todo nos hace sentirnos personajes de una novela. Tal vez de la novela en la que hemos comenzado, Notre Dame de París de Victor Hugo. Por eso, este paseo, será delicioso cerrarlo en la Place de Vosges donde vivió el autor. Allí está el maravilloso Hotel de la Reine o el restaurante Ma Bourgogne donde cenaremos bajo los arcos. Es París, y París era una fiesta. Lo dijo Heminway. “Quien ha tenido la suerte de vivir en ella cuando joven, luego París le acompaña, vaya donde vaya, el resto de su vida.”

 

Màxim Huerta para National Geographic.

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