Etiqueta

LA RAZÓN

    Libros

    LA PARTE ESCONDIDA DEL ICEBERG SEGÚN MARTA ROBLES

    Marta Robles.-

    Volver a ver a Maxim siempre es como sentirse en casa. Su personalidad acogedora irradia esa empatía tan impagable que solo disfrutan los elegidos. Tal vez por eso, es fácil pasearse con comodidad por sus líneas y renglones, pese a que algunos de sus sentimientos, acotados entre puntos y comas, a veces parezcan tan cercanos que casi duelan como si fueran nuestras. Eso sucede en su última novela “La parte escondida del iceberg”(Espasa), donde sus intimidades pasan a ser de los lectores, no solo por leerlas, sino por lo parecidas que son a las propias. Es como si la novela la hubiera escrito desde dentro, pero no solo de sí mismo, sino de cada uno de nosotros… “Uno es los libros que ha leído, las ventanas de los textos de otros por las que se ha asomado. Y esos libros que he leído últimamente me han contagiado las ganas. He creído que era el momento. Y no me he equivocado. Al escribir el iceberg he sentido aquel temblor de la primera vez. Escribir es, entre otras cosas, un acto inconsciente de admiración. Un homenaje subliminal a aquellos que nos emocionaron. La vida está llena de novelas, también cada capítulo de nuestra vida. ¿Para qué iba a buscar esta vez fuera teniendo la novela dentro de mí?”

    Y dentro de Maxim y de todos, están los recuerdos. Unos bellos otros torturantes. Los más pendulares, tal vez, los del amor que nos dejan más expuestos al milagro y a la tragedia… “El recuerdo es complicado. Cuando lo necesitas no está, se esfumó. Y otras veces que no quisieras recordar ni su nombre, ni su olor, ni su forma de dormirse en el sofá, resulta que se ha petrificado en la piel. ¡Que no desaparece! El amor siempre nos hace frágiles, vulnerables…Y así debe ser. No concibo el amor sin debilidad, sin miedo a perder, sin nerviosismo. Todo lo demás es compañía”.

    Si Hay un escenario en el que tantas veces se imagina el amor es en París. Pero París para Maxim no es solo escenario, es casi un personaje imprescindible en toda su ficción. “En París no fui niño. Y el niño que escribía en su casa necesitó de la ficción para huir de escenarios que no le gustaban. Fue París la ventana. Podría haber sido Roma, Londres o Nueva York; pero el lugar que me sacó de la oscuridad de mi infancia fue París. Por eso merece todo mi respeto de adulto. Porque allí edifiqué una niñez ficticia. Y cuando estoy allí, soy yo. O soy el que debí ser…”

    Me gusta charlar con Maxim sobre ficción y compartir que incluso lo vivido, cuando se escribe, pasa a ser ficción. “Autoficción” lo llama él. “A la cuarta línea, por muy personal que sea, cuando está ya tecleada y escrita es ficción. Auto es porque la dirijo yo, porque viene de mí. El lector debe leer la novela como una fábula. También debe hacerlo con mi iceberg: una ficción de un peatón que recorre París en busca de migajas. El lector ya está acostumbrado a los personajes irreales. Tienes que encontrar algo más implicatorio, más personal; algo que proceda de ti, de tu historia. Los personajes, pensé, deben palpitar verdad. Construir con menos artificio, menos impostura. De verdad, como dicen los niños. O hacer una ficción que sea real. Sherlock Holmes no existió nunca y, sin embargo, la gente busca su máquina de escribir cuando visita Londres. Por eso he querido recuperar el elemento clave, narrar lo que uno ha visto. Describir la realidad, decir la verdad…” (SIGUE)

    IMG_0996 copia