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Audrey Hepburn

    DESTINOS DE PELÍCULA

    QUERIDA ROMA

    La noche soñada fue una novela mediterránea, de una y otra orilla. Desde Calabella, pueblo ficticio de la Costa Brava, a la eterna Roma. Dura competencia entre escenarios que sufrían también los protagonistas -los «españoles» Brightman y los italianos Bertone- como si el mar fuera lo que les une y lo que les separa. Siempre lo pienso, cuando uno se queda mirando el mar, se mira a sí mismo. Ahora ando en París, jugando con la historia de la quinta novela, pero…

    Querida Roma:

    Cuando leas esta carta, es casi seguro que estarás pensando ya en otro. Lo sé porque no soy tu único amante aunque me hagas sentir especial cada vez que nos tocamos, que nos miramos, que nos besamos y que, después de parar, te hago una foto.

    IMG_9934Quiero que sepas que te echo de menos, incluso cuando has provocado que me pierda en el Trastevere buscando la via da Peliccia y acabe sentado en un bar pequeño donde la cerveza y la pizza juegan conmigo. Me gustaría que esta vez te acordaras de mi porque voy a visitarte pronto y no acepto ese orgullo tuyo de ciudad eterna que se te pone a veces. Me gustas señora, sibarita, lujosa, barroca… pero también canalla.

    Yo me acuerdo de ti y sé que tú también de mi.

    Aquella primera vez me dejé seducir a través de la cerradura de la puerta del Priorato de Malta, en el Aventino, donde se ve la cúpula de San Pedro en miniatura. “¿Aceptas un regalo?”, me dijiste. Y, después de aparcar –no cerramos las puertas, hacía mucho calor- señalaste con el dedo: “es ahí, a través de la cerradura, ahí tienes tu sorpresa”. Yo estaba enamorado. De mi edad, de la tuya y de la ciudad. De tu juventud y de su belleza. De las dos cosas. Hiciste una pausa. “¿Te gusta?”. Suspiré con la mirada perdida en la belleza de las pequeñas cosas que pueden cambiar una mañana de primavera calurosa. “Mucho”. Dije. Aunque hablaba de ti. Detrás de esa puerta del Priorato de Malta, un largo camino de setos recién regados que, por el sol, creaban sombras en el suelo como animales de luz y al fondo como reducido a la mínima expresión la cúpula del Vaticano dibujada entre hojas, tejados y cerradura. Impresionaba. Al girarme estabas ya en el coche, “¡vámonos!”. Sonreí porque las sorpresas, como esa, sólo se reciben una vez y sentí que ya no volverías a gustarme tanto.

    Las ciudades como Roma nos ganan. La vida que lleva enganchada desde hace siglos a sus adoquines brillantes y desgastados se te cuela por los huesos, calándote, como en esos días de lluvia inesperada en el Campo de Fiori, entre puestos de verduras, fruta y flores. Esos en los que toca guarecerse bajo uno de los toldos y pedir un espresso. Es hermosa entonces, cuando llega el invierno y lo es también –ella lo sabe- cuando brilla en primavera y te sofoca en verano.

    IMG_9892Contigo, querida Roma, hay que hacerse el encontradizo, dejarse llevar y perderse entre las esquinas que vas colocando como obstáculos de juego entre unas calles y otras. Por eso sorprende que aparezca tan bestial la Fontana di Trevi; porque no te la esperas, porque vas engatusando con tus callejuelas pequeñas y oscuras, como caricias furtivas para, de pronto, asfixiarte con un beso eterno. Aparece la fuente y aunque vas avisado por el ruido de turistas y agua no esperas tanta belleza. Tú lo sabes, besas bien. Y lo haces de improviso.

    En cuanto a ti, como le pasa a las guapas, sabes que esa es tu belleza turbadora. Que se sabe dominante y elige de pronto volverte a perder en el paseo, creyendo que has cogido un atajo, hasta la heladería. Vuelves a sorprender con el Panteón. A lo bestia, como si no hubiera turistas y fuéramos Audrey Hepburn y Gregory Peck en la película de William Wyler. Porque hacer el tópico contigo funciona. Por eso es bueno pensar en Las Noches de Cabiria si vas a comer al restaurante L’Archeologia de la Appia Antica, en la Dolce Vita si te sientas en el Café de la Pace próximo a Plaza Navona o en Vacaciones en Roma si tomas un helado por la Plaza de España.

    Querida Roma, no dejo de pensar en ti. Ahora, desde aquella primera vez que nos besamos, sé que todos han recibido ese mismo regalo que yo: tus emociones y tu historia. Pero ya no soy celoso porque me gustar compartirte como amante. En el fondo a ti te gusta llenarte de turistas de día y te gusta seducir cuando las farolas se ponen amarillas y se reflejan en el charcos en la penumbra de la medianoche como si quisieras jugar al escondite a deshoras. Ahí es cuando me gustas más. Cuando parece que guiñas el ojo y sabes que nunca vas a cerrar la boca de la verdad aunque te mienta, que vas a volver a hacerme sentir pequeño en la columnata del Vaticano, a sentir miedo frente al Castillo de Sant Angelo, a serpentear como un baile por tu Trastevere, a ponerte coqueta y llena de flores en la escalinata de la plaza de España, a saberte obscena de precios y marcas o barata y casquivana en los mercados de fruta. Lo sé, te conozco. Y sabes que te quiero.

    Por cierto, ¿ya sabes qué pedí con la última moneda que tiré a la Fontana?