EL ESPAÑOL

Si te pica, te rascas

Estoy viendo unas garras pintadas de rojo acabadas en punta que bien podrían pertenecer a una serie de televisión de esas con malos malísimos y buenos de bofetón. Es decir, unas uñas que podrían haber cambiado el rumbo de la historia. Eclipsarían, por cuidadas y reconstruidas, un plano en el cine, un anuncio de televisión y servirían, esto es lo admirable, para limpiar las escamas de una merluza de dos zarpazos.

Al contemplar las uñas de la señora –como un niño asombrado en un día de feria-, lo que más me llama la atención es cómo teclea en la pantalla del móvil, pero no sólo por el cuidado baile de tecla en tecla, y hasta cierto punto contorsionista, sino por el modo con el que debe coger el aparato, deslizarlo en la mesa o partir el cruasán levantando las uñas al cielo. Es una coreografía más complicada que el inicio de La La Land. Pienso: en esas garras cabe el pasaporte, el número de la cuenta corriente y parte del Guernica. Incluso las tablas periódicas, los reyes godos y los phrasal verbs. Resulta muy difícil ahuyentar una idea peregrina que me viene a la cabeza con carácter retroactivo: “Qué desperdicio de exámenes en el instituto”. Cuántos meses de sacrificio imbécil y de desaprovechamiento de chuletas en papel. Cuántos de estudio. Mi observación sigue con aire investigador.

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