Vida

Parece primavera

Abro el ordenador en un tren AVE destino Madrid. Una niña llora, un crío anda descalzo por el pasillo peleando con la game boy, una mujer se zampa un donut con el que salivo en la distancia de pura envidia y el teléfono móvil del compañero de fila no para de sonar. Bip bip, mensaje. Otra vez. Regreso a casa por unos días con una preciosa biznaga en la bolsa, un libro de Izraíl Métter que estoy subrayando sin parar, bombones del Maxims, un espeso café caliente que no pienso beberme y el recuerdo de un montón de lectores que me han contado sus impresiones sobre la novela. Hago memoria. Una chica de ojos azules me explicaba ayer cogiéndome la mano que, después de dos años de sufrir un ictus, por fin había podido leer un libro y que ese libro ha sido No me dejes. ¿Puede haber mayor recompensa? No. Me hablaba otra lectora de su separación y de la empatía que había generado hacia Tilde (el dolor une). “Era mentira que yo no quisiera ser feliz”, dijeron las dos: lectora y personaje. Un chico, vino con otra historia que debo guardarme. Otro lector. Y otro. Mil emociones. Todos tenemos una historia que merece ser contada. Tenía razón con la frase que está impresa en la contraportada, podría hacer una novela de todas esas pequeñas/grandes historias que (os) escucho.

Las sensaciones de esta gira de firmas defendiendo la novela son muy buenas. Para que no se me olvide voy a hacer recuento de ciudades: empezamos en Irún, después Bilbao, seguimos hacia Vitoria, después pisamos Sevilla, una tarde en Marbella y, ayer mismo, Málaga.  Quedan muchas ciudades y muchos lectores que ver y que escuchar. De todas me llevo historias: un lirio, un vino, un abrazo, unas flores, una foto…

El sol me acompaña. Gracias Ana María, esto es una continuación de la primavera pasada. El sol sale para recordarme que París sólo es una novela.

 

 

You Might Also Like