Vida

Modernos de piel

Os hablo de Jacinta y Antonio. Los dos tienen setentaypico años y se acaban de casar. Diréis, “esto no es muy bloguero” porque ni se sientan en el suelo para hacerse los modernos, ni llevan pitillos, ni van de gafapastas con el pelo largo enredado con los dedos, ni se hacen fotos con la rodaja fresca de sandía en la mano. Pues error. Son más modernos que todos nosotros y que todos esos que van de hipsters por fuera cuando por dentro son más antiguos que el hilo negro. Una cosa es ser moderno de actitud y otra moderno de pensamiento, no siempre coincide. Últimamente aparece mucho clasista que no lo parece porque viene con pantalones arremangados hasta el tobillo y septum en la nariz y son fieles seguidores de los mandamientos del hashtag. De los otros, de los clásicos, nada que decir: son muy previsibles.

No seas estándar, pequeño.

La modernidad es un estado, no una camiseta raída de tirantes sobre dos clavículas marcadas. Ni un post de instagram de sillas viejas con mucho like. Ni la pulsera desgastada del Festival de turno. Ni posar para la foto con cara de lánguido y creerse nihilista. La modernidad es más que unas gafas rescatadas de tu abuela.

Pues bien, Jacinta estaba cansada de estar sola en casa, era viuda y sus hijos ya no vivían con ella. Su “mayor” le compró un ordenador y ella le pidió que le instalara un chat para charlar. Era la primera vez que se enfrentaba a arrobas, mails y documentos para enviar. Se apuntó a un club de chateo y ¡voilà! … la soledad se acabó. Un día, entre chat y chat, con cámara web incluida, conoció a Antonio, de la misma edad y en el mismo proceso de soledad. La timidez se rompió al golpe de tecla y, salvando miedos y edades, quedaron en un café. Esa misma tarde se estaban besando en casa de él.

Amor. Así, sin más. Él tenía miedo de que no le gustara su cojera, a ella le daba igual. “Yo cojeo del bolsillo, tengo poca pensión”, contaba entre risas. “No buscamos sexo, buscamos compañía” decía relatándome su romance.

Amor y compañía. O viceversa. Cuántas veces buscamos sexo en busca de un abrazo. Cuántas veces quedamos a cenar pensando que es nuestra pareja ideal esperando un polvo. Cuántas veces chateamos, whatsappeamos o mensajeamos con la única intención de no estar solos.

Bendigo la relación de amor de Jacinta y Antonio. A modernos no nos ganan. El también lleva gafas de pasta, pero por dioptrías, no por estética. Ella lleva el pelo teñido, pero no por moda. Los dos son maravillosamente vitales, felices, cariñosos, estimulantes, enérgicos, contemporáneos… ¡modernos! Y les dan sopas con ondas a todos los que flipan como ardillas en una tienda de rancio. Porque para ella, para Jacinta, lo vintage es sólo antiguo, viejo, caduco. Y no quiere mirar atrás ni para buscar antiguallas. No sabe quien es Ricardo Tisci, ni echa cilantro a la comida, ni se puso bolsos fluorescentes en la cabeza. Lo lleva al brazo.

Màxim Huerta.

“Nada tan peligroso como ser demasiado moderno. Corre uno el riesgo de quedarse súbitamente anticuado”. Oscar Wilde.

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