20MINUTOS

Mi perra no tiene raza

Yo quisiera decir simplemente esta mañana que me gusta mi perra. Mi perra doña Leo. Le puse el doña porque creían que era macho y andábamos todo el rato diciendo: es una perra, es-una-pe-rra. Resultado: doña.

Me mira mientras escribo esta columna que le dedico a ella y a todos los perros como ella. Los sin raza. Esos que no tienen pedigree ni cinturas entalladas por los adn purísimos y de grandes linajes venidos de familias con ralea y casta de delicadísima categoría y elegantísima clase. Lo que en el dni del veterinario se dice un “mestizo”. O un mil leches. A esos.

La mía, mi perra, es la más guapa. Porque nuestro perro siempre lo es. El que más nos quiere. El que más nos mima. El que más nos mira. Y así debe ser. Porque en ese piropo constante a nuestros perros (o gatos) está el cariño. No soy de los que dicen que soy mejor persona por esto: por tener perro. No, hay grandes cabrones con animal de compañía y lo pasean tan campantes. Bobadas ñoñas. Pero sí soy de los que se cabrean cada vez que a uno le preguntan: “Y, ¿de qué raza es?”. Como si no serlo –de raza- fuera salirse de la norma de la razón. Como si no tener raza fuera el desdén a la finura. El desprecio. El arcén de las avenidas. Qué indiferencia, por Dios. Así que cada vez que alguien me explica cuánto le ha costado su perro, del criadero que viene y la alcurnia que tiene su peludo de abolengo, pienso en mi chucho. Doña Leo, ahí presente mientras escribo, en el sillón de siempre, tiene ascendencia callejera, fue encontrada en la calle y lo que más le gusta es la ídem. Pero digo más. Cuando alguien me cuenta las virtudes de su raza –qué palabra- pienso en una perra de orejas lacias pariendo constantemente en el criadero para calmar caprichos selectos. Qué feo.

Mi perra va dando besos, se sube sin permiso a los bancos de la playa y corre en busca de palomas para asustarlas. También roba galletas y bebe en los charcos. Doña Leo se levanta con los pelos revueltos, se hace siestas en mitad del salón y agradece cualquier muestra de cariño.

Ignoro las virtudes de los perros callejeros. Porque, sobre todo, esta no es una crítica a los perros de raza. Es simplemente un aplauso a los que deciden tener compañía y se van a la perrera a salvar uno del abandono, a los que optan por un chuchillo de pelo duro, a los que sacan de paseo al que nadie quiso, al que olvidaron en una gasolinera justo antes de vacaciones, o al que perdieron casualmente en el bosque. Esta columna es un abrazo a todos esos que andáis orgullosos con vuestro perro callejero que es mezcla de vida y de otras andanzas. Perros que sobraron de las camadas, perros que dejaron perder y perros que dormían escondidos de los canallas. Benditos perros (y gatos).

 

COLUMNA PUBLICADA EN 20MINUTOS

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