GLAMOUR

Las mujeres de Vargas Llosa

“El amor es lo peor que hay. Uno anda hecho un idiota y ya no se preocupa de sí mismo. Las cosas cambian de significado y uno es capaz de hacer las peores locuras y de fregarse para siempre en un minuto.” Es Mario Vargas Llosa quien habla así del enamoramiento. Para que luego digan que se escribe mejor cuando menos se ama.

En el caso del Nobel no falta en sus novelas un saco de deseo, una barra de carmín y una habitación del sexo. Así se ha paseado él por las páginas de la literatura y así lo ha hecho por la vida, amando mujeres complejas en situaciones complejas. Tanto que las mujeres más importantes de su vida han sido familiares directas: primero, su tía Julia y luego Patricia, su prima hermana. Y con las dos se casó. Más propio de un culebrón peruano lleno de escándalos, bodas y pasiones ocultas, con canción de bolero como banda sonora y actores que aman, huyen y escriben, que de una vida real. Pero así ha sido Mario: rebelde, conquistador y, cuentan, un hombre fácil de sucumbir a las tentaciones femeninas. Si no él, sí sus personajes. “En mi tiempo, los muchachos escribían acrósticos, mandaban flores a las chicas, necesitaban semanas para atreverse a darles un beso. Qué porquería se ha vuelto el amor entre los mocosos de ahora, Marito.” Dice la tía Julia antes de ser su mujer en palabras del escritor.

Los personajes femeninos de Vargas Llosa son un laberinto de matices, desde Bonifacia que expulsada de un convento acaba como la selvática meretriz en La Casa Verde, Mercedes en Lituma en los Andes entre asesinatos y secuestros o todas las visitadoras –prostitutas al servicio del ejército- del capitán Pantaleón Pantoja. Para comprender una obra, muchas veces hay que mirar por las ventanas de una vida. La de Mario Vargas Llosa.

Volvamos al insólito y fantástico culebrón de su biografía porque también forma parte de su obra. Los escritores que rehúyen sus propios demonios y se imponen ciertos temas, porque creen que aquéllos no son lo bastante originales o atractivos, y estos últimos sí, se equivocan garrafalmente.”

Un joven Mario de 19 años conoce a su tía Julia Urquidi en la casa de su tío Luis Llosa. Cuentan que la tía era bien guapa y que esos doce años de experiencia que le llevaba la hacían más atractiva. Pensemos en El Graduado y en la admiración a la mujer madura. Julia, recién divorciada, es en ese momento el pasaporte al sexo donde era tabú en una familia ultra conservadora. Se enamoró de ella rápidamente y se casaron en medio del escándalo y la oposición de toda la familia. Y como un escritor no sabe guardar secretos, la relación amorosa fue novelada en La tía Julia y el escribidor. Una pista más que obvia sobre los protagonistas: ellos dos. La pareja vivió en París, ciudad idealizada por Mario Vargas Llosa, y como suele pasar con París… fueron incapaces de mantener la magia en la ciudad de la luz. Competir con la ciudad es imposible. Y más si llegan dos sobrinas de Julia, Wanda y Patricia, hijas de su hermana Olga y de Lucho Llosa. Pongamos a esto la música de Jacques Brel, Ne me quitte pas, y todo será desgarrador. Julia, la tía y mujer de Mario, se vio obligada a ceder su lugar a la sobrina Patricia que cautivó el corazón del escritor. ¡Oh, París! ¡Maldito París! Pensaría Julia. Se vengó escribiendo Lo que Varguitas no dijo en unas memorias donde habló del deterioro del amor con el escritor y de cómo su sobrina había llenado no sólo el hueco de su cama, sino también el de su corazón.

La familia de Mario vuelve a entrar en crisis hasta el paroxismo. ¿Antes la tía, ahora la prima? Efectivamente. El escritor y su prima hermana se casan en Lima ante la sorpresa de todos. Eso sí, por la Iglesia, tal y como ordena el tío. Y como París traía malos recuerdos a Mario, la pareja elige Londres para vivir su amor.

Hoy por hoy, estamos a la espera de que Patricia Llosa escriba sus memorias, Lo que Varguitas no dijo versión sobrina. Mientras tanto, tenemos las impecables novelas de un genio en las que aparecen mujeres valientes, jóvenes rebeldes, hembras sumisas, damas fantasiosas y esposas perfectas. Todo un catálogo de señoras en el que también encaja ahora la bella Isabel Preysler no siendo tía ni sobrina.

Sólo quien cree en el amor y en el sexo es capaz de todo eso. De convertirlo en novela y hacerlo realidad. O viceversa. Porque el que escribe miente y desea a partes iguales. Y para crear personajes hay que ser un perfecto observador de la vida. “Las mujeres bellas se pintan los ojos como les gusta y los labios de carmín chino, (…) te acarician las manos cuando estás triste, (…) se lavan el pelo y lo secan al aire”. Mujeres rebeldes como Bonifacia o Flora en La casa Verde y El paraíso en la otra esquina. Mujeres que asumen riesgos para arreglar situaciones aún a costa de sus intereses. Niñas traviesas como Kathie y el hipopótamo. Mujeres que mezclan deseos y fantasía como Lucrecia en Don Rigoberto, donde muestra la importancia de la imaginación.

Más allá de lo dulce aparece lo amargo. En el estante superior de la biblioteca de Mario, el más numeroso, encontramos otro tipo de sus mujeres. Jóvenes bellas que son abusadas una y otra vez y que quedan al servicio de las pasiones masculinas. El erotismo, la sensualidad, el sexo, los traumas, la tiranía aparecen en Conversación en la Catedral, Pantaleón y las visitadoras y La fiesta del Chivo. Las mujeres de Vargas Llosa no son mujeres de una sola cara, tienen todos los ángulos y multitud de matices. A veces felices, otras abatidas.

¿Y, bien? ¿Es Isabel una de ellas? ¿Está escribiendo el Nobel la última novela sin necesidad de folios? Dice Peter Cameron que lo mejor siempre aparece en los últimos capítulos. Si es así, tenemos el final de una gran novela vital.

Hay un poema que atribuyen a Mario Vargas Llosa que dice: “Las mujeres hermosas no salen en revistas, las ojean en el médico, y esperan al novio, ilusionadas, con vestidos de fresas”. ¿No salen en las revistas? Paparruchas. Hace mucho tiempo de ese poema y amar es llevarse la contraria y sobre todo, darle la vuelta a la vida.

 

Màxim Huerta

 

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