20MINUTOS

I LOVE TO LOVE

Ustedes pueden pensar que debería hablar del zafio Hernando en el Congreso en su modo chulesco de barra de bar, del tostón de profesor de colegio de curas de Pablo Iglesias -por muy cargado de razones que ande- o de la verborrea rápida de Rivera. Incluso de Ávalos, el nuevo-viejo del PSOE que se estrenó con delicadeza digna de una Durée merengada. Qué quieren, me siento parte de este gremio, del periodístico, como todos los que estudiamos la carrera, pero también le queman a uno los oídos y el culo con la ola de calor. Lo sé, debería estar al pie del cañón (la moción de censura y toda la pesca. Incluso los cambios de peinado de Letizia o los pobres millenials que andan en boca de todo bruto sin tacto ni fundamento). Sin embargo, hoy quiero tirarme en picado a la piscina del recuerdo.

El seat seiscientos de mi padre era gigante. Inexplicablemente enorme Era un coche pequeño, pero tenía su estilo. El seat seiscientos que compró mi padre era gigante. Inexplicablemente enorme. Eso o mutaba como los pokemon a fuerza de embestidas. Porque esta mañana, mientras echaba las cosas en mi coche actual para irme a ver a la familia, he tenido que montar un tetris de maleta, bolsas, cajas y libros. ¿Cómo es posible que entonces -años 70- entrara mi abuela, mi madre, mi padre, las maletas, los tupperwares, los porsiacasos, los juguetes, los odiados libros Santillana, los bañadores, los capazos, las chanclas, los flotadores, los sombreros, la nevera de hielos, la otra maleta, el bolsito de las medicinas para el asma y un sinfín de trastos veraniegos en un seiscientos. ¿Cómo? ¡Cómo!

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