20MINUTOS

hacer tiempo

“Estoy en casa haciendo tiempo.” Lo dijo un amigo al que llamé para quedar y tomar algo por el barrio. Creo que me quedé distraído cuando colgué. Mi amigo estaba haciendo tiempo en su casa. ¡Haciendo tiempo! Como si el tiempo fuera algo que se puede hacer, como quien fríe unas torrijas o dobla barquitos de papel. ¡Estoy haciendo tiempo! Con lo rápido que pasa. Con lo veloz que va la vida. Ojalá, pensé. Estuve por encargarle que me hiciera un mes del verano anterior, diez años a plazo fijo para repetir la adolescencia y quince años de encargo para mi madre, que le vendrían bien ahora que anda regular. Me pareció la expresión más maravillosa jamás escuchada. Y, creo que por repetida, no había caído en ella. Hacer tiempo.

Hubo un tiempo en el que tenía ganas de crecer, de hacerme mayor, de irme de casa, de tener años y ordenar la vida a mi antojo. Quería cumplir años para poder tener copia de las llaves, después para quedarme hasta la una y media en el pub, tener edad para dormir fuera de mi casa o llegar de una vez a los dieciocho años para poder votar. Recuerdo que para ganarnos la simpatía del dueño de los recreativos nos afeitábamos el bigotillo y masticábamos chicle con fuerza. Otros fumaban aparatosamente, con gestos copiados de las películas del oeste. Es algo que los adolescentes suelen hacer cuando juegan a ser adultos, copiar gestos que parecen sacados del cine negro. Había que ser mayor, crecer. Así ha sido siempre. Tener tiempo para gastarlo. Ahora queda menos.

Cuando llegué a casa me imaginé a todos mis amigos sentados en el sillón orejero y con dos agujas del calceta haciendo tiempo para cuando lo necesitemos. Una semana para alargar la Pascua, otros diez días para el cumpleaños y un buen trozo de tiempo para cuando las cosas se pongan feas. Hacer tiempo como si fuera el mejor pasatiempo del mundo. Qué maravilla.

Lo sé. Era una bobada. Mi amigo estaba haciendo tiempo como quien lo pierde. Porque espera, porque desespera o porque quiere quedarse mirando las musarañas hasta que llegue la hora. Gastando tiempo como quien apura un cigarrillo en el ventanal.

Me gustaría un banco de tiempo, pensé. Es lo único que nos hace ricos. Tener tiempo para hacer lo que nos de la gana, tener tiempo para apurar noches que no deberían acabarse, tener tiempo para estar en casa con la familia y al mismo tiempo, tiempo para estar de viaje con los amigos. Tiempo para alargar la mañana en la cama, tiempo para los preámbulos del sexo, tiempo para ver tu serie favorita, tiempo para volver al pueblo o recorrer Nueva York, tiempo para charlar con todos los lectores en la feria del libro, tiempo para la siesta, tiempo para regalar a tus amigos, tiempo para volver a ser niño y tiempo para ser mucho tiempo adulto. Tiempo añadido para sumar, para vivir, para amar, para no morir. Tiempo, por favor.

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