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EL EXTRAÑO VIAJE

Cuando era niño, el sitio más excitante al que me llevaba mi abuela era la mercería Verdejo, en Utiel. Nunca trabajé la costura, y sigo sin hacerlo, pero aquello era Disneylandia. Hoy solo siento algo parecido cuando entro en la Apple Store de Sol y veo pantallas y cablecitos blancos. Pero entonces, en aquel lugar de pueblo, yo era un aprendiz de fantasías de colores en el que había sostenes, combinaciones de raso y cintas de brillo.

La infancia, si es como tiene que ser, es mucho más larga que la madurez. De niño no hay prisa y la vida es eterna. No es que exista un aspirante a Peter Pan en cada crío, es que, de niños, todos lo somos. ¿Crecer, qué es eso? ¿Dónde se va después? Y por eso los cumpleaños parecen siempre el mismo festín y las tiendas de la edad temprana, lugares de ocio. Los mayores siempre son mayores y tus amigos siempre serán chavales de bici, escondite y tiritas.

Por las tardes, tras la merienda, paseaba con mi abuela hasta la calle Santa María, que casi siempre estaba de bote en bote, nunca se quedaba sin vida. Buena culpa de ello eran los dos metros que tiene de ancha, claro. Allí, tras el cine Pérez, donde las butacas eran la cosa más incómoda que se haya diseñado nunca, se levantaba una tiendecilla estrecha, de escaparate de madera a la parisina y abarrotada de cosas de colores.

La mercería Verdejo, a parte de ser antigua cuando ya era nueva, era el epicentro de las mujeres de mi pueblo –hablo de los setenta, no vayan a saltarme con cuestiones de género- y la frecuentaban ellas, las jefas de cada hogar. Mi abuela compraba hilos, botones, cintas de raso, rodilleras y cremalleras. También algún sostén que guardaba en el bolso con disimulo y santificado pudor. Luego elegía las lanas para hacerme jerseys, porque entonces Inditex era un sueño en la cabeza de un gallego, y chalecos bien abrigados. Yo, mientras tanto, tocaba las telas, las sedas y la punta de las agujas de tejer. Fingía que no había visto el tamaño del sostén de color carne, ni la medida de las bragas. Solo superaba aquella fantasía el tiempo de los feriantes. Pero era algo temporal. Sin embargo, mi mercería era fija y, apoyando la barbilla en el mostrador de madera desgastado por otros codos y otras barbillas, podía dejarme llevar por la alucinación infantil.

La película “El extraño viaje” de Fernán Gómez retrata bien aquellos días y el poder hipnótico que han tenido siempre las mercerías. Sara Lezana –Angelines- entraba a La Parisienne, una mercería de pueblo, con un recorte de revista en la mano. Y Maria Luisa Ponte –Doña Teresa- ardía tras el mostrador al ver la combinación roja con encaje negro que le pedía, “aquí no vendemos estas cosas, vete a buscarlo a Madrid”.   Eso hice yo, venirme a Madrid. Aquí ya no había infancia, pero sí combinaciones de color rojo con encaje negro.

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