EL ESPAÑOL

el cruasán

La resaca del otro día fue digna de estas fechas, pero no lo suficiente como para no distinguir los sabores ni el olor del pan recién hecho. Que uno brinda por las fiestas, pero no mastica corcho. Ser novelista no implica acabar como Hemingway por las esquinas. O sí, vete a saber. Lo mismo subiría el caché entre los escritores más valorados, los culturetas se pondrían estupendos y esnifarían hasta mis puntos suspensivos. Pero ese es otro tema que merece pedigrí nocturno y amigos diurnos en páginas literarias de postín. Así que decidí esperar a mi cita en una panadería de esas finas que han surgido últimamente con bollería de muestrario, diferentes tipos de azúcar y café de colección.

-“Por favor, cruasán y un expreso”, dije con voz de Antonio Orozco. O de Colette, quien sabe.

Rompí el sobre de azúcar blanco sobre el mapa negro de mi taza a pesar de que los médicos me recomiendan consumir morena por la salud. Bien es cierto que a esas horas lo mismo me daba edulcorante químico que un chorro de anís en el café. La escena no tiene mucho de importante si no fuera por el cruasán: estaba duro como una piedra.

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