Mi sobrina Elsa entró de pronto en el salón y me pilló mirando una foto. Yo no me lo esperaba, porque cuando llega siempre se siente ese barullo feliz de sus carreras, sus zapatitos y ese salto olímpico con el que pretende llegar a mis hombros. Un día llegará porque ella será más alta y yo más pequeño.

No lo he dicho, pero era una foto de cuando era niño. Y de eso hace mucho, lo suficiente para que te invadan un montón de preguntas y ninguna respuesta. Está uno harto de recordar —y ustedes aburridos de que yo lo haga—  el mantra de mi familia: “¿dónde fue a parar todo ese tiempo?”.  Y sin embargo es algo que me pregunto, como si todo lo pasado ya no me perteneciera porque ya no lo puedo tocar.  Y en eso, sin recapacitación ni respuesta, mi sobrina me dijo: “¿Y, el papá, tu papá? ¿Dónde está?”. No les diré cómo tragué saliva para evitar llorar delante de ella porque sería a costa de mi zozobra. Y un amigo majadero me diría: hazlo. Sea como sea, la tristeza se nota en las palabras elegidas.

La pequeña Elsa me miró esperando que le dijera dónde estaba el “papá tuyo”. Yo me callé. No sé gestionar a los niños, ni mucho menos sus preguntas. Ahí intervino su madre, Raquel, para sumar y zanjar el tema con cariño y ternura de progenitora que las arropa en la cama. “Elsa, el papá de Maxi está en el cielo, con el abuelo Rafa”, dijo sin masticar ninguna duda. Más saliva. Segundos de silencio y escozor familiar.

 Y ahí sucedió la magia de los niños. Sucedió.

Elsa, satisfecha con su respuesta, sonrió y zanjó las vacilaciones acerca del cielo: “Entonces está bien, no está solo. Está con el abuelo. Vale”. Y buscó con la mirada a su hermana Olivia, que intentaba acariciar temerosa a mi perra Leo.

Y entonces volvió a coger carrerilla para subirse a mis hombros, mi madre amagó una sonrisa desde la mesa camilla y Raquel y yo nos miramos cómplices.

El cielo existe si los niños lo dibujan.

Y en ese momento de la mañana, con los días todavía rojos en el calendario, todo cambió. La mirada de los pequeños, de mi pequeña Elsa, es sana, cristalina, nívea como las páginas por escribir. Le inquietaba que el sillón donde mi padre hacía pasatiempos estuviera vacío, pero lo ocupó para desplegar los plastidecores y llenar de color un periódico. ¿Hay algo mejor? ¿Hay algo más bonito que un niño te de ese bálsamo de fierabrás que necesita tu alma? Ya os lo digo yo, no. El cielo que dibujó Elsa con su sonrisa es maravilloso. Y en ese quiero vivir yo. En el que guarda la inocencia.