20MINUTOS

El bar de siempre

Creo que decir que te gustan los bares no signifique alimentar el vicio. Si alguien nos preguntase si nos gusta divertirnos, sería absurdo contestar que no. De chaval me gustaba mucho el bar Mercé, en Utiel, donde ponían unos mejillones al vapor para quitarse el sombrero y chuparse los dedos. En Buñol tuve La Selva como lugar de ocio, cañas y patatas bravas. En la universidad nos colábamos a otro del que no recuerdo el nombre, maldita sea, será la edad o el exceso, y que debería coleccionar las mismas características: mugre, ruido y espuma bien tirada. En Madrid tengo cerca Las Nieves, donde te acompañan la caña con un platito de patatas revolconas. Una especie de masa no muy uniforme con pimentón y torreznos. Maravilla castiza.

En fin, que mi vida puedo ir narrándola según los bares que he ido pisando. Un mapa emocional de fiestas, cumpleaños, tardes de aburrimiento, confidencias o citas de amor. Lo mismo me he tomado la primera que la última, he planeado viajes con amigos o terminado novelas, he cerrado la noche o brindado por la mudanza. El bar, nuestro bar, el que nos pilla cerca, el que parece una extensión de nuestra casa, es también hogar.

Y, curiosamente, entre todos los bares que pisamos, yo me quedo con los menos finos. Digamos, los más rústicos, algo vulgares y de naturaleza familiar. Esos en los que se respira algo de sueño, un poco de canalla y mucho de normalidad. Esos bares en los que puedes bajar en chándal, con el vaquero viejo o listo para la boda. Da igual. Eres conocido, te sabes el camino al aseo y os llamáis por vuestro nombre. Bares, qué lugares. Como la canción.

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos tenido nuestro local. Nos hemos abandonado a sus disfrute, lo hemos maldecido y no hemos dado cuenta de la mala calidad de los vasos cuando hemos traído visitas. Siento, ya desde hace bastantes años, que donde sobra tontería y finura es donde te sientes bien. Sí, también, a todos nos gusta un poco el lujo y que nos bendigan con apariencias; pero la quincalla, aquello que no tiene adornos ni relumbrón, es donde más libre estás. Lo mismo que ponerse la camiseta vieja para estar en casa. Y, sinceramente, viva la ausencia de envolturas. Qué agotadoras son las apariencias, señor.

Dicho esto, añado que mi bar favorito en París es uno bien matón en pleno Saint Germain: Le Baltó. El camarero, Laurent, me pone un carajillo de anís (le llama électrique) con golpe de alegría y se apoya en la barra con su gorra de garçon. La parroquia es excelente, desde un falsificador de obras de arte que ha trabajado lo suyo, a uno que no para de peinar con las manos mientras dibuja viñetas de prensa. Todo eso y mucho más que no puedo contar porque no me queda espacio y… por pudor. Tenía razón mi padre: las cervezas en casa no saben igual que las del bar. Qué grande, papá.

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