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Don Joaquín Sorolla, ¿puedo pasar?

Madrid, año 1909. En el número 37 de la calle General Martínez Campos se empieza a construir un palacete. El arquitecto Enrique Repullés y Vargas no duda en incluir en el proyecto las peticiones del dueño: el pintor valenciano Joaquín Sorolla. En ese momento su obra, su luz, ya es mundialmente conocida. La encontró en París, impresionado ante los cuadros de los pintores nórdicos en la Exposición Universal de 1889 y la convirtió en su obsesión, su identidad, en su logro y su legado.

Las casas nos hablan de las personas que las habitan. Y como en esta casa está permitido curiosear sin decoro podemos contemplar, como una pincelada más de Sorolla, la vida tras las paredes de un hogar convertido ahora en su museo.

Sorolla trasladó a su jardín, repleto de rosas, geranios, adelfas, alhelíes y mirtos que el mismo plantó, sus recuerdos del Alcázar de Sevilla, de la Alhambra de Granada y de sus viajes por Italia. Aquí los visitantes buscamos con la cámara de fotos la luz de sus pinturas y el ángulo perfecto para retratar(nos).

La casa conserva el mobiliario, las fotografías y los objetos – cerámicas y esculturas, piezas de joyería, textiles, vidrios, libros – que el pintor compró en muchos de sus viajes. Aunque todo nos sorprende, la estancia principal del museo es la que fuera su zona de trabajo, una amplia sala bañada de luz cenital por expreso deseo del pintor. Siguen aquí los pinceles, las paletas y los caballetes como si Sorolla fuera a sentarse de un momento a otro frente a su último lienzo, el retrato de la señora Pérez de Ayala, el que nunca terminó al sufrir una hemiplejia en el jardín de la casa mientras la retrataba.

Y aunque sea ahora museo, sigue siendo su casa. Y en las paredes encontramos a su familia: sus tres hijos y Clotilde. Ella se multiplica en los lienzos, lo llena todo como llenó la vida del pintor, siendo para él la amada esposa, la musa y la confidente.

“Ya te he contado mi vida de hoy, es monótona, pero qué hacerle, siempre te digo lo mismo, pintar y amarte, eso es todo. ¿Te parece poco?” (Joaquín Sorolla en una de sus cartas a Clotilde)

jarrónEn mi visita me detuve ante un cuadro de Sorolla. Un jarrón rojo con flores y una caracola. Bajo el cuadro sigue ese mismo jarrón, con flores y a su lado la caracola. Imagino que Sorolla buscó en ella el sonido su mar acercándola a su oído. O no. Joaquín Sorolla no necesitaba las caracolas para escuchar las olas. Le bastaba con asomarse a uno de sus cuadros para recuperar el sol de la costa valenciana, las risas de los niños, las voces de los pescadores y el sonido del mar.

Virginia Pizarro, texto y fotos.

 

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