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De cuñados y “enteraos”

Es curioso que quienes quieren quedar bien en el restaurante a la hora de elegir el vino siempre cumplen la misma liturgia: se ponen intensos, fingen repasar los nombres de la carta y, al final, optan por uno cercano a la zona del final, que es donde están los caros. “¡Este es muy bueno, os lo aseguro!”, te espetan como si hubieran nacido en las barricas de una bodega. Enhorabuena, chaval. No hay que ser muy listo para semejante exhibición de maestría vitivinícola. Más barato, malo; más caro, mejor. Incontestable. Aplausos. Esa escena costumbrista prueba únicamente que sus armas sociales son buenas, que se saben mover en la pedantería, raíz de la diplomacia, y que pueden engañar a la comparsa de una cena, pero nada más. Dejarse arrastrar por ese efectismo de la petulancia es de chiste. Es muy cuñado, que decís ahora. Muy de “el enterao”, que hemos dicho siempre. Visto el truco, se acabó la magia.

Hablé con unas amigas, que se dedican profesionalmente a la enología, sobre este asunto trivial: ¿Cómo elijo un vino en una cena cuando la oferta es grande?, les pregunté. Ellas, de raíces, cepas y sarmientos, me dijeron que basta con escoger uno del centro de la tabla, ahí no hay miedo al descenso. La clase que me impartieron de cultura en caldos me dejó patidifuso. Olores, sabores, colores… Demasiado para reproducir.

Pero resulta que una botella llamó mi atención. Os leo. “Tinto de fuerte color, rojo púrpura intenso con ribetes violáceos, muy expresivo y afrutado en nariz con taninos vivos en boca y gran estructura”. Era la etiqueta de un vino de Jumilla en la que, el bodeguero, con toda la sorna del mundo, había añadido lo siguiente: “como si te digo que unos vampiros de buena familia lo recolectan solo en noches de apareamiento del cernícalo mientras escuchan a Chiquetete…”. Me fascinó el texto. Algunos, hartos de tanta liturgia con el vino, no han tenido ningún miedo a burlarse de los “enteraos” con toda la gracia.

Mis amigas al ver la broma de etiqueta rompieron a reír, me explicaron que ahora está de moda decir singularidades al percibir el aroma, porque la realidad es que los vinos ofrecen olores curiosos. Que si regaliz, que si piña, que si hierba recién cortada, que si algodón de azúcar, que si tabaco, que si chocolate, que si chicle, que si minerales, que si tabaco, que si vainilla, que si pelo de muñeca Nancy, que si el óxido de los clavos de Cristo… Vamos, que puedes decir lo que te venga en gana que siempre parecerá que tienes en la nariz la fábrica de moneda y timbre de las fragancias. El truco es la seguridad, mear primero y marcar territorio, como los perros. “Este vino me huele a camisa de once varas”, a ver cómo se quedan.

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