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Crítica de CULTURAMAS

Màxim Huerta, más allá de la pantalla: apuntes para una conversación literaria alrededor de París. Por Anna Maria Iglesia

@AnnaMIglesia

Miro el reloj del móvil, han pasado tan sólo cinco minutos desde la última vez que lo miré. El tiempo se ha detenido, las cuatro de la tarde no quieren llegar. Todavía tengo media hora de espera, estoy en el Paseo de Recoletos; edificios majestuosos se elevan a mí alrededor, silenciosos se imponen sobre el frenético tráfico. Hombres encorvatados y jóvenes mujeres de altos tacones caminan seguros de sí mismos por la acera, mientras yo, sentada en la terraza del Café Gijón espero a que el tiempo decida transcurrir. Intento repasar los apuntes para la entrevista, pero soy incapaz. Miro a mí alrededor en un intento de evocar los rostros de quienes tiempo atrás ocuparon esas mismas mesas; imagino a Clarín escribiendo en aquellas mismas mesas tórridas cartas la siempre impetuosa Pardo Bazán; pienso en la larga barba de Valle-Inclán a la vez que sonrío con la mordaz ironía de Jardiel Poncela. Todos ellos perviven en una memoria colectiva cada vez más débil. El café ya no es lo que era, en verdad, nada es lo que era: el café Pombo en el que Gómez de la Serna celebraba sus tertulias cerró en los años cuarenta, el Gijón sobrevive, pero en sus mesas ya no se escuchan aquellas discusiones de antaño. Algunos se preguntan dónde están los intelectuales, otros se lamentan que hoy ni siquiera es posible sobrevivir con la escritura. A mi lado, en una de las pocas mesas ocupadas, cuatro ancianas emperifolladas hablan de sus nietos: pendientes, pulseras, anillos configuran el señorial aspecto de una de las ancianas que, con voz severa, se queja de las “pintas” de su nieto, de “ese pelo largo y de esa barba sin arreglar”, ante la mirada atenta y participativa de sus amigas. Ya queda poco para las cuatro, decido encaminarme hacia la sede de la editorial Planeta.

television1En la tercera planta me espera Ana Gázquez, la conocí hace algunos meses en Barcelona, cuando acompañaba al maestro José Luis Cuerda en la presentación de Si amaestras una cabra, llevas mucho adelantado junto a los amigos de la librería Pequod. Ahora, soy yo la que ha venido a Madrid, en este caso, para entrevistar a Máxim Huerta. Espero sentada, finjo leer el periódico; oigo la voz de Máxim, la reconozco, o al menos eso creo, pues un pasillo separa la entrada donde finjo leer del estudio de Ana. La voz de Máxim resulta familiar, la voz de los telediarios, la misma que cada mañana resuena en muchas casa; imposible no reconocerla, pienso, a la vez qud me doy cuenta de lo absurdo de mi comentario: una voz, un rostro, no bastan para caracterizar a una persona. Ana se acerca hacia mí, detrás está Máxim; mientras nos dirigimos a la primera planta, observo la magnificencia del edificio, se trata de Planeta, ¿qué te esperabas? Una gran mesa alargada es el lugar para comenzar la entrevista, pero como en toda buena novela los imprevistos configuran la trama. La estilográfica hace de las suyas, la tinta azul mancha la mano derecha de Máxim, él se queja un poco, pero, a los pocos minutos, rectifica, se da cuenta de que aquellas manchas de tinta son la prueba inequívoca de que es escritor.

Ya nadie escribe a mano, el ordenador es la página en blanco de todo escritor y, sin embargo, Máxim lleva consigo una cuaderno negro donde apunta todo aquello que observa desde la mesa de bar, donde suele corregir los borradores. “Siempre voy al mismo bar y me siento en la misma mesa”, me comenta; sin pretensión alguna, sus palabras parecen extraídas de su novela, de aquella París de los años ’20 a los que el periodista y escritor ha decidido trasladarse. Como en el Madrid de Gómez de la Serna o en la Buenos Aires de Borges, también París estaba lleno de bares; en aquellas mesas, los escritores, los pintores, los músicos y, en general, los jóvenes artistas deseosos de inaugurar un todavía joven siglo XX, se reunían para conversar, intercambiar ideas, para dar forma a unos sueños artísticos teñidos de libertad. “París era una ciudad de libertad”, me comenta Máxim, que con su novela se traslada hasta el barrio de Montparnasse para captar los colores de aquellos años. Lejos del Montmatre y del Barrio latino, lejos de Les Deux Magotsdonde cada tarde se reunían Jean Paul Sartre y Simone de BeauvoirMáxim Huerta regresa al Café Le Dôme, el lugar de reunión de los pintores y de sus musas, de todas aquellas mujeres que, liberándose de todos los corsés sociales y morales, posaban desnudas para aquellos artistas. Aquella era la París de Jean Patou, de Moïse Kisling, de Jules Pascin, de Modigliani y de Max Jacob, pero también era la París deThora Dardel, de Alice Humbert, de Elsa Schiaparelli y de muchas otras mujeres a las que Máxim Huerta vuelve a dar el protagonismo que la historia, esa gran historia escrita por los ganadores y por los hombres, les ha negado.

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En cada palabra de Máxim se percibe su fascinación por aquellos años, por una París que ha reconstruido; en aquel tiempo pretérito y a través de sus protagonistas, Máxim ha construido una ficción: Una tienda en París no es sólo la reconstrucción de aquellos años dorados, es también el relato de un viaje hacia uno mismo y hacia los propios objetivos. De la misma manera, que aquellas mujeres se liberaron de las ataduras seculares a la conquista del siglo XX, la protagonista deja atrás la Madrid de hoy en busca de un destino que siempre había ignorado. La búsqueda de sí mismo y, sobre todo, el empeño por trazar el propio camino independientemente de los obstáculos es el liet motiv de esta novela, en la que los tiempos se funden, el presente encuentra su sentido en el pasado, y el pasado vuelve a adquirir valor gracias a pervivir en el presente. En París el pasado esta vivo, me comenta Máxim, en la capital francesa la historia no ha desaparecido, sobrevive a pesar de la imperante modernidad. Frente a un concepto de progreso tan absurdo y que tantos males ha producido, el pasado se presenta como un espejo frente al cual reflejarse; no es cuestión de repetir una y otra vez el tópico de nuestras abuelas: todo pasado no fue mejor, pero todo pasado es maestro del presente. La protagonista de Una tienda en París busca su reflejo en el París de los años ’20, encuentra su imagen en el rostro de Alice Humbert y descubre su camino siguiendo la senda de los restos de una vieja tienda. “Hormiguenate ciudad, ciudad llena de sueños”, decía Baudelaire; París es la ciudad del sueño, la ciudad inagotable, la ciudad sobre la que siempre es posible escribir. Máxim Huerta me confiesa que el no teme a la página en blanco, al contrario, le gusta la experiencia de poder rellenar ese espacio vacío con nuevos relatos. La página en blanco, como la ciudad de la protagonista, se convierten en el lugar donde Máxim se refugia para crear mundos paralelos, donde poder aislarse y, así, alejarse del siempre impertinente objetivo de la cámara. Me corrige, “yo no soy alguien de la televisión”, y añade “soy periodista y escritor”;  me disculpo, pero la imagen es potente y resulta difícil huir de la indiscreta pantalla televisiva. La televisión ocupa sólo parte de su día, las tardes son para la escritura y la lectura.

una_tienda_en_paris_corchoSon ya las cinco pasadas, casi una hora de conversación; en ese tiempo percibo la impostura de los tópicos, de esos esquemáticos conceptos a través de los cuales creemos leer la realidad. “La gente de la televisión” es una frase tan vacua como carente de sentido es hablar de “cine español” en general, de Buñuel a Almodóvar, pasando porBerlanga y Bayona. Al hablar con Máxim Huerta reconozco mis prejuicios y, a la vez, descubro la persona que se esconde tras la imagen plana de la televisión, descubro a un hombre apasionado por la escritura, a un hombre que sueña con viajar y con poder dedicar sus días y sus horas al solitario, pero siempre reconfortante, arte de la creación literaria. Sabe que todavía tiene mucho trayecto por hacer dentro de la aventura literaria, pero no teme confesarlo. Termina la entrevista, antes de abandonar aquella aparente sala de reunión, se apunta la referencia de un libro en su cuaderno; esta vez la estilográfica no le juega malas pasadas. Como todo escritor, es un gran lector, pues como diría el también valenciano y gran maestro Joan Fuster, “al capdevall, llegir és seguir vivint, i cadascú ho fa a la seva manera”

 

 

enlace: http://www.culturamas.es/blog/2013/06/11/maxim-huerta-mas-alla-de-la-pantalla-apuntes-para-una-conversacion-literaria-alrededor-de-paris/

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