20MINUTOS

Chicos malos

Salgo del gimnasio y me quedo mirando el reflejo de mi sudadera en la pastelería de la esquina. Una especie de Holly Golightly en pleno centro de Madrid pero con chándal y sudor. El típico propósito destinado a finiquitarlo en marzo. Me conozco.

En el azul noche de mi capucha aparecen tres roscones, varias cajas de bombones y un surtido de turrones cortados como piezas de lego. Se reflejan en mis pupilas y en mis papilas. No, no, no, dice mi mente. Sí, sí, sí, dice mi estómago. Mi corazón calla.

Los miro con una ansiedad propia de estas fiestas tan entrañables (sí, lo he escrito. Pido perdón al respetable) que se ve aumentada por las endorfinas tras el deporte generado. La culpa la tienen ellas, esas pequeñas proteínas que nacen en vete-a-saber-qué-portal desconocido del cerebro y que se pasean por los músculos generando felicidad desmedida. Bueno, para mí, les confieso a ustedes, mis queridos lectores, la auténtica felicidad está en esa vitrina pantagruélica llena de vaho y pasteles. La veo y me recorre por las tripas el espíritu de Juan Álvarez Mendizábal. Algo entre pecho y ombligo me llama desamortizarle todo a la dueña, una expropiación forzosa, soflamas para quedarme con los bienes y tierras de las bandejas, enajenarlos, venderlos, comérmelos. Godoy me posee frente al cristal.

En ese momento veo a uno de esos chicos que han hecho deporte en el mismo gimnasio que yo. Pienso y escribo: qué paradójico que un mismo lugar cree seres tan diferentes bajo el mismo techo de neón. No hay nada más desigual que la uniformidad de un gimnasio.

En fin, el tipo sale como SuperRatón, superfeliz, supervitaminado y mineralizado. Yo, en cambio, miro el escaparate. Sigo ahí. Anclado en los deseos más prehistóricos: comer. Reconozco al muchacho porque los tengo radiografiados. Es uno de esos guapos que pueblan las pistas, los yugos y los tatamis. Es guapo. Punto. Podría dejarlo ahí pero, en mi aburrimiento constante en la cinta de correr y en la tortura llamada elíptica, construyo análisis físicos de puritita observación.

Hay dos tipos de guapos. Al que se lo han dicho y al que no. O no tanto. Y los podemos diferenciar en su forma de andar. El guapo que ha nacido entre piropos, se ha criado entre piropos y vive entre piropos, tiene una manera de caminar más lenta. Levanta el cuello, se pone la mano en el pectoral como si jurara la Constitución, abre los hombros para echar a volar, pisa con decisión los escalones y colecciona miradas en la nuca. Son, digamos, los consentidos. Los hemos criado para que anden así, como los desfiles militares, como los concursos de misses. Caminan para que se les valore. Van entre las pesas buscando aprobación, esperando nota, buscando miradas. Y para eso se ponen ropa que apriete o enseñe. Se relamen y se enfocan en el espejo como en una prueba del oculista. Fijando la vista para traspasar el cristal.

“¡Hola!”, me saluda el chaval mientras miro de reojo el escaparate donde pone Feliz 2018 con mazapanes. “Hola”, digo sonriendo. “¿Vas a comerte algo?”, me rebota con su respuesta. “No, qué va. Estoy esperando el bus”.

ARTÍCULO PUBLICADO EN 20MINUTOS

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