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    UN PASEO POR NY

    Nueva York nunca es la misma, quizá porque nunca duerme. Pero en Navidad, además, sueña. Para contemplar la belleza de Nueva York nada mejor que alejarse. Admirar esos perfiles que llamamos skyline con la facilidad de quien antes decía horizonte. Es posible hacerlo por menos de tres dólares y hasta gratis desde tres perspectivas distintas. Lo dijo Ayn Rand: “La Línea del horizonte de NY es un monumento de esplendor al que pirámides o palacios jamás podrán igualar”.

    Miramos Manhattan desde el Este.

    Los viajeros informados cruzan a Brooklyn Heights en peregrinación literaria para visitar la casa en la que Truman Capote escribió Desayuno con diamantes o A sangre fría. Es sólo uno de los muchos escritores que vinieron a este lado del East River: Walt Witman –que además trabajó en una imprenta que ya no existe- Arthur Miller, Tennessee Williams, Paul Bowles o Norman Mailer. El barrio es inspirador, como lo es el increíble atardecer sobre Manhattan que se ve desde Brooklyn Heights Promenade. Si el tiempo lo permite, se puede rematar la excursión dando un paseo de vuelta al Distrito Financiero por el puente de Brooklyn. Y si lo permite el bolsillo, pocas vistas hay como la que se puede contemplar desde el River Café. Atención caballeros, se requiere chaqueta y corbata.

    En Brooklin encontraremos la decoración navideña más extravagante que podamos imaginar. Supera a la pista de patinaje del Rockefeller y a los cascanueces gigantes del centro. Dyker Heights es igual a la disneylandia de la iluminación. Muñecos, renos, voces en off, música y millones de bombillas de colores. ¿Recuerda a Matthew Broderick y Danny DeVito en Un vecino con pocas luces? Esa es la realidad. Dyker Heights está entre las calles 83 y 86 y las avenidas 11 y 13.

    Miramos Manhattan desde el sur.

    Los turistas van a la estatua de la Libertad. Fantástico. Como decía Woody Allen es una oportunidad para estar dentro de una mujer. Los oriundos toman el Ferry de Staten Island para disfrutar de una vista perfecta de la ciudad por cero dólares. Giulianni convirtió el viaje en gratuito con la esperanza de acabar con los atascos. Sí, era aquel ferry en el que cada día la sufrida Melanie Griffith cruzaba como tantos otros al lado de los rascacielos en Armas de mujer. En Navidad, imprescindibles guantes y gorro porque el viaje gana desde el exterior de la cubierta. Siempre puede uno reponer fuerzas dentro con un café caliente o un pretzel. El ferry tiene bar.

    Miramos el Upper East Side desde Roosvelt Island.

    Shhhh. Dicen que es el secreto mejor guardado de Nueva York. Un secreto que se descubre con un simple paseo por la segunda avenida a la altura de la calle 60. Una “mastodóntica” estructura de hierro esconde la estación del teleférico de Roosevelt Island. El nombre oficial es confuso: Roosevelt Island Tram Station. Apenas tres minutos de viaje que nos ofrece una vista impresionante de la ciudad. Merece la pena el paseo por el parque de la isla y la visita a las ruinas de los antiguos hospitales de infecciosos que se recuperaban alejados de la vorágine de Manhattan.

    Ahora que ya tenemos el plano general, podemos irnos al plano corto.

    Nueva York es la ciudad perfecta para la Navidad. La ciudad se ilumina como si quisieran que Santa Claus la eligiera como segunda residencia. Y probablemente lo ha hecho. En pocos lugares del mundo se compra como aquí. La Gran Manzana es, como en el Paraíso, sinónimo de la Gran Tentación. El circuito habitual requiere rendir pleitesía a los escaparates de Sacks y de Bergdorf Goodman. Usemos el metro sin olvidar lo que dijo Carmen Martín Gaite: “La gente que viaja en el metro de Nueva York lleva siempre los ojos puestos en el vacío, como si fueran pájaros disecados”.

    Los viajeros modernos peregrinarán por Broadway al sur de Houston St. –atención, paseantes, pronúnciese háuston- con paradas obligatorias en Anthropologie, Urban Outfitters y Madewell. Los muy modernas se saltarán a West Broadway por Prince o por Spring y terminarán comprando una pieza vintage a un precio exorbitante en What Goes Around Comes Around. Los muy rockeros seguirán su camino hasta Rudy’s Music Soho para perderse en su increíble colección de guitarras eléctricas. Muy cerca pueden completar look en Lazaro, el lugar donde se quedaría a vivir y enjoyarse Keith Richard.

    Además de los grandes almacenes, las apabullantes tiendas, las increíbles librerías Barnes & Noble, las tiendas de ropa deportiva que se han multiplicado al mismo ritmo que la vigorexia en la ciudad, Nueva York guarda aún comercios que son un tesoro. Como por ejemplo Evolution un local especializado en ciencia, taxidermia, fósiles, piedras, huesos de animales que ni sabías que existían. Un gabinete de curiosidades donde encontrar regalos increíbles.

    Aunque la mejor forma de mezclar shopping y entretenimiento es visitar las tiendas de los museos. Incalificable y desmesurada la del Metropolitan. Innovadora y original la del MoMa. Coqueta la de la Morgan Library –que nadie deje de curiosear el refugio libresco del viejo magnate. No muy grande pero bien surtida la del Nuevo Whitney. Y aquí hagamos una parada. Una parada larga. Una parada con comida incluida en el restaurante de la planta baja –Untitled- para una ocasión que merezca celebración o en la terraza de la última si el frío lo permite. Nuestros sentidos no darán abasto con los Hopper, Rothko, Pollock, Albers, Warhol, Wyeth. Y todo en un cofre concebido por Renzo Piano.

    Ya que estamos en el Meatpacking no podemos dejar de dar un paseo por la High Line –el parque panorámico construido sobre la antigua línea ferroviaria elevada que se utilizó desde los años 30 para repartir mercancías por toda la ciudad. Hoy los paseantes se reparten por su recorrido y se suman a las actividades que organizan los “amigos de la High Line” desde Astronomía hasta yoga. Los devoradores de guías al uso acabarán comiendo en el Chelsea Market. Los que ya saben que se ha convertido en un hormiguero de turistas preferirán el más pequeño, coqueto y local Gansevoort Market.

    El Meatpaking es también un lugar ideal para salir por la noche: la terraza del Standard o su insospechado Biergarten –tal cual- son dos buenas opciones para comenzar. Para seguir, nada mejor que las maderas de mansión decimonónica del Ballroom del Jane Hotel. Dice la leyenda que la bola que cuelga sobre las cabezas de sus bailarines es la que un día estuvo en el Studio 54.

    Aunque para bailar, salir, divertirse y brindar nada mejor que el Lower East Side. En aquellas calles de la Nueva York canalla y desarraigada se agolpan ahora los canallas y los desarraigados de la noche. Del clásico Piramid al indescifrable Mehenata -donde la música de Bollywood se baila con la misma fe que Macarena- hasta el modernísimo Bars en el hotel Rivington.

    Quien busque la modernidad tendrá que ir a Williamsburg, en Brooklyn. Los barbudos de la Linea L ya delatan que nos dirigimos al corazón de lo hipster. Sí. En esta línea todo el mundo es guapo o lo parece. Así es el barrio más trendy de Nueva York. El lugar donde se consagraron las barbas y las camisas de cuadros. El lugar donde Urban Outfitters ha abierto su tienda más grande, cool y cuidada –con un restaurante de impresión y una terraza imprescindible. El lugar donde dos hermanos pusieron una fábrica de chocolate que produce más sabores de los que un paladar humano puede diferenciar. Mast Brothers se paladea –con placer extremo- y se visita. Uno se puede unir a la visitas guiadas que explican la metamorfosis del cacao en deliciosas tabletas de doce dólares. Tan recomendable como recorrer con tiempo y mimo la Bredford Avenue –si es fin de semana la encontraremos tachonada de puestos callejeros que venden sombreros, joyas, rarezas, vinilos o libros. Una buena caza libresca está garantizada en la bien surtida Spoonbill & Sugartown. No olvidemos que Nueva York sigue teniendo una de las mejores rutas de librerías del mundo –con permiso de Buenos Aires: Strand –el verdadero Tiffany’s; Argosy; McNally Jackson Books; St. Marks Shop; The Drama bookshop y Housing Works Bookstore café, un refugio en el SoHo.

    Y como es Navidad y como seguimos en Williamsburg derramaremos una lágrima por los lugares que la locura inmobiliaria no ha dejado llegar hasta esta Navidad. Como el más clásico de los clásicos: la juguetería FAO Schwarz. Los guardias de su puerta –réplicas humanas de los soldaditos de plomo de casacas rojas- no pudieron evitar que los alquileres desorbitados de la Quinta Avenida acabaran con el lugar donde Tom Hanks se volvía loco con un piano gigante en Big.

    PD.:

    Los lugares más míticos para patinar en Navidad son Wollman Rink de Central Park, City Pond de Bryan Park y el Rockefeller Center. Aparte de los lugares más concurridos durante estas fechas navideñas también hay pistas de patinaje sobre hielo en el Prospect Park de Brooklyn y en Chelsea Piers. Quizá la pista más conocida sea la de Rockefeller Center donde los más osados la utilizan ahora para pedir matrimonio. Elegimos los mercados de navideños de Bryant Park, junto a la pista de hielo; Union Square, Brooklyn Flea Market, la Estación Grand Central o Columbus Circle. Suelen estar desde el día de Acción de Gracias hasta finales de diciembre.

     

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