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    Fin.

    Los reyes magos me han traído dos libros y una mochila. Paradójicamente las dos cosas se parecen. Escribir siempre ha sido para mí como descargar tinta y recuerdos en papel, volcar todas aquellas experiencias que ves, que pesan y que escuchas. Propias y ajenas. Uno escribe sobre lo que le rodea, lo que huele, lo que presiente, lo que duele, alegra y entretiene; y por eso muchas veces a los lectores las novelas les parecen trasuntos del autor. No es así. Las novelas son escenarios de ficción donde hasta lo verdadero deja de serlo porque ha pasado a papel.

    Uno de esos libros que han llegado en la mañana del seis de enero es «Una vocación imposible» de Juanjo Millás. Es la edición definitiva de sus cuentos, así lo dice en la faja grana. El escritor y periodista arranca con un breve texto en el que explica que si su «autobiografía fuera un traje, estos cuentos serían su forro». En cierto modo, añade, constituyen las vísceras de las novelas.

    O sea. Ha ido escribiendo Millás cuentos en los huecos que le dejaban libres las novelas.

    Es una sensación similar la que tengo. He ido escribiendo libros de viajes, de artículos y otros ilustrados,  en los descansos de la arquitectura de mi próxima novela. Escribir es una experiencia maravillosa, pero también agotadora, muy desconcertante; cuando uno se agobia necesita otros escenarios, otra música y salir del camino para revolotear en otros paisajes. Así he hecho con Intimidad improvisada (una colección de columnas periodísticas) y los libros de París y Roma. Pasear. Airear.

    La novela ya está finiquitada. La he acabado. Tiene título y final. 

    Durante dos años he andado por sus calles y con sus personajes. He visto la casa de la abuela, el jardín donde juegan los chicos, las montañas, el garaje del padre, el pasillo donde arde la lámpara, la amarga escuela, los compañeros, el hermano, la madre, la novia, los tíos,… ¡Cuántos personajes!

    Doña Leo, por eso pongo la foto, me ha acompañado durante todo este trayecto. Y siempre se coloca igual. Cuando me siento a escribir, cada tarde, ella coge sitio, se tumba a mis pies y levanta la cara husmeando las escenas de tensión en las que yo leo en voz alta. ¿Suena bien?, le pregunto a Leo esperando que me responda. Ella alza el hocico, levanta las orejas y… me escucha. Luego sigue. Se tumba de nuevo. Y yo tecleo.

    Ahora, con el documento «EL VUELO» (no es el título final) en el ordenador, todo se calma. Tras el fin llega otro inicio. Fechas, cubierta, corrección, etcétera.

    MH.

     

    PD.: Me gusta la palabra etcétera.

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