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    Roald Dahl y los sueños

    Hay gente que se pasa la vida quejándose, mirando el vaso medio vacío y anunciando tormenta. Son esos que viven en el apocalipsis y que narran con más vehemencia las noticias malas, que las buenas. Se entretienen con el drama, diríamos. Y detallan más un fracaso, que un éxito, por pequeño que sea. Luego hay otros, que deciden contar cuentos. Esos son los que nos gustan.

    Roald Dahl, de cuyo nacimiento en Cardiff se cumple un siglo, es uno de los nuestros. El padre de los gremlins, de Charlie –y su fábrica de chocolate-, de Matilda, de Jorge –y su melocotón- o del gigante bonachón –el propio Roald medía casi dos metros- tuvo una vida terrible que no vamos a detallar, un drama tras otro que no menguó su capacidad para crear personajes maravillosos en ningún momento. Nos lo avisó, “el que no cree en la magia, nunca la encontrará”. Qué razón tienes, mister Dahl.

    La vida está para llenarla de cuentos, para tumbarse en la cama y leerse uno a medias, para dejar un libro en la mesita o tener una libreta en la que apuntar los sueños y las pesadillas. ¿No lo has hecho? Septiembre es un buen mes para empezar. Imaginad una pareja que se tumba en el sofá, aparta el móvil, apaga la tele, y abre un cuento al azar. En ese momento te cautiva la historia y pones voz de bruja, bajas la mirada como Matilda al imaginar que tienes telequinesia o compartes una tableta de chocolate en busca del premio. Disfrutemos de los detalles como locos bajitos: Bajar la basura pensando que has matado a los malos, hacer la compra como si hubiera gremlins en casa, buscar el melocotón gigante en la frutería e imaginar al vecino que vacía el buzón como si fuera el lujurioso tío Oswald. Esa es la gente que tiene superpoderes, la que convierte lo normal es especial. Y triste de aquellos que no saben encontrar un érase una vez a la vuelta de la esquina.roal

    El maestro de la pipa, nuestro Dahl, fue un transgresor y un atrevido, poniéndole incluso erotismo a sus narraciones en tiempos complicados. Lo imagino sonriendo irónicamente tras su máquina de escribir frente a la que pasaba el día. Hitchock fue el primero que lo llevó al cine, adaptó Cordero para la cena. Una pata al horno muy cinematográfica que también encandiló a Almodóvar en Qué he hecho yo para merecer esto. Ahora es Spielberg el que vuelve a enamorarse de Dahl. Normal. La grandeza está ahí. Hay que fijarse en las cosas más pequeñas. Disfrutar de los detalles. “Los secretos más grandes se ocultan siempre en los lugares más inverosímiles”, nos enseña Roald. Eso hacía él: jugar con lo que amaba, la vida. ¡A pesar de todo! En sus libros están sus fantasías, excéntricas y enternecedoras, duras y osadas. De nuestra mirada depende seguir haciendo lo mismo. De darle la vuelta a las cosas y convertirlas en cuentos.

    Querido Roald, estamos vivos. Mastiquemos la ilusión.

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