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20MINUTOS

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    El cable del teléfono

    El título no dice nada y lo dice todo. Verán.

    Andaba de tarde de juegos con mis niñas, Elsa y Olivia, montando un mercadillo de frutas de plástico y manteles de cuadritos rayados con ceras plastidecor en la habitación de las muñecas. Nos va la marcha a la familia Hernández, así que me puse de piernas cruzadas bajo una mesita de treinta centímetros hasta que se me durmieron las piernas. Les diré, avanzando el final del artículo, que levantarse del suelo sin ser budista es como hacer la maratón de Nueva York en chanclas. Mis rodillas acabaron como codillos hervidos de un comedor militar. O peor.

    Las niñas montaron todo tipo de manjares que yo debía probar, fingir que comía y brindar con botes de kétchup. Borrachera de colores con cruasanes, mininaranjas y botecitos. La infancia es muy divertida cuando la ves tan feliz, tan despreocupada y tan llena de inquietudes. Mis pequeñas saben contagiarme de vida, de la verdadera.

    En mi casa me repiten constantemente que todo no lo cuente, que qué van a decir los lectores. Yo les digo que ñe: anda que no tengo yo cosas que pensar antes que ponerme a pensar en lo que pensarán. Mucho lío. A lo que voy. Acabamos con el mercadillo y nos pusimos a pintar. Pensará la gente, qué gilipollez, pero a mi me dejó patidifuso lo que pasó a continuación. Vamos, que tuve que mirar la fecha de mi dni al salir de casa.

    “Y ahora, queridas niñas, vamos a dibujar espirales”, dije con algarabía. ¡¿Espirales?! “Y, cómo se hacen”, preguntó la mayor. “Pues, las espirales…” Lo que dije seguidamente acabó con mi infancia en seco. Un frenazo. Ploff.

    Las espirales son como los cables del teléfono. Eso dije. Me pareció una buena explicación para dos seres de tres y cinco años vestidas de spiderman y princesa respectivamente. Repito: como cables de teléfono.

    Tan contento estaba con mi cera y mi folio dispuesto en la mesa de treinta centímetros –a esas horas ya no sentía los tobillos-, que no me di cuenta de la cara que pusieron las criaturas. “¡Tiiiío, los teléfonos no tienen cable!”. Rompieron a reír enloquecidas. La pequeña señaló en modo Cristóbal Colón a su madre y la madre me dijo clavándome las pupilas: “¿cuánto tiempo hace que no ves un teléfono con cable? ¿Quince, veinte años?”.

    Las niñas se reían sobre los plásticos y me sentí recién llegado de una galaxia lejana llamada Petas Zetas. El caso es que en ese momento de crisis infantil, no encontré un símil con el que explicar a niñas que yo fui un tipo que tiraba del cable en espiral hasta el infinito para conseguir algo de privacidad en el pasillo. Ellas, más listas, me sacaron del atolladero. ¿Cómo la goma del pelo, tío?, dijo Elsa. “Sí, como la goma del pelo, amor”. Uff.

     

    COLUMNA PUBLICADA EN 20 MINUTOS

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